HITOS
Bien se dice que los ojos son las ventanas del alma.
Varias miradas, una actriz.
Una actriz única.
Diane Keaton.
Porque si algo une la fatal resignación de Kay Corleone en El Padrino (1972, Francis Ford Coppola) con la curiosidad y ternura de Annie Hall en la cinta homónima (1977, Woody Allen) que le dio el Óscar como mejor actriz al mismo tiempo que, narrando el fin de su relación con Allen, se redefinía lo que podía ser una comedia romántica, pasando por la devoción de una Louise Bryant entregando su vida y corazón a un revolucionario John Reed en la esencial Rojos (1982, Warren Beatty) y el amargo fracaso del ocaso de un matrimonio en la infravaluada Disparar a la luna (1982, Alan Parker), era esa mirada que parecía contener multitudes, misma que descansaba en esos ojos que en muchas ocasiones parecía eran los nuestros, porque pocas son las actrices que hemos sentido tan cercanas.
Y tan libres.
Excéntrica, ermitaña, madre de dos hijos, directora, ícono de la moda, de vida amorosa apasionada (fueron Woody Allen, Warren Beatty y, sobre todo, Al Pacino, solo algunos de los que sucumbieron al encanto de esta chica nacida en 1946 en Los Ángeles y fallecida en California este 2025) y risa contagiosa (revisitar Alguien tiene que ceder del 2003 e intentar no sonreír ante lo que hace ahí bajo las órdenes de Nancy Meyers), fue Meryl Streep (su compañera de reparto en el melodrama Marvins Room de 1996) quien la definió de forma justa como alguien que tenía la conciencia en movimiento de un colibrí. Está aquí, luego allí, y después allá arriba… y es tan difícil de atrapar.
Y sí.
Y le faltó irrepetible.
Alguien imposible de atrapar, de explicar.
Pero cuyo talento fue capturado, por fortuna para nosotros, en la posteridad del séptimo arte.
Donde vivirá eternamente.
Y nos mirará por siempre, como nosotros a ella.
