LA CAVERNA
Miguel Campos Quiroz
«Prefiero la paz más injusta a la más justa de las guerras».
Cicerón
Esta frase atribuida al gran filósofo, político, historiador y orador romano, adquiere enorme significación en esta época tan convulsa por los movimientos sociales, en la que se ensalza con tanta vehemencia la idea de revolución, y en la que muchos consideran a esta última tan necesaria en un mundo donde la injusticia se ve por todas partes, o al menos así es según el discurso imperante de la actualidad (puesto que qué es la Justicia, y si este es un mundo justo o no, es todo un tema filosófico que no puede debatir aquél que juzga las circunstancias desde su propia precariedad y desde su perspectiva visceral).
Y es que la guerra en cualquiera de sus formas, por más justa o necesaria que parezca, siempre trae violencia, dolor y derramamiento de sangre. Y el caos que conlleva cualquier lucha armada, ya sea en forma de guerra civil o de enfrentamiento entre naciones, nunca es algo deseable. De allí que el ser humano dé tanto valor a la paz ordenada y duradera como máximo ideal por alcanzar, y de allí también que hasta exista un premio Nobel dedicado a ella. Tan preciada nos es.
Es éste, sin embargo, un ideal muy difícil de alcanzar, y quizá irrealizable sobre la tierra, al menos de manera permanente. Pues al ser el hombre un ser siempre en guerra, consigo mismo, con sus semejantes y con el mundo, la paz pareciera algo inalcanzable hasta el momento en que abandonamos a este último. De allí que cuando alguien muere, se dice que por fin halló la paz, o más comúnmente, que ya descanza en paz.
Al igual que sucede con la guerra, existen muchas formas de la paz. Por ejemplo, muy a menudo los individuos decimos que necesitamos paz mental. Esta última es tan difícil de alcanzar como la paz del mundo, y quizá lo es precisamente porque este pareciera ser un mundo hecho para impedirnos alcanzarla. Y es que los seres humanos, siempre arrastrados por la marea de nuestros propios conflictos internos y de los conflictos de intereses con otros seres humanos, difícilmente encontramos un minuto de la tan preciada paz, y cuando lo encontramos, es prácticamente un lujo. Y quizá de alcanzar esta paz interna e individual, depende precisamente el que ella se refleje en nuestro mundo, pues ¿quién declararía guerras si todos viviéramos en un estado de paz mental completa y permanente?
Y sin embargo ¿cómo alcanzar tan anhelada paz cuando el mundo exterior es un desorden, cuando los seres humanos no tienen cubiertas sus necesidades básicas ni su seguridad garantizada, cuando las injusticias parecieran la regla y no la excepción, cuando las diferentes visiones del mudo chocan entre ellas, y cuando las ideologías y los gobiernos ponen gran ahínco en polarizarnos? ¿No es acaso imposible lograr la paz en un mundo así?
Y, sin embargo, siguiendo la línea marcada por el pensador Cicerón, la paz es lo deseable, y es preferible a cualquier guerra, por muy justa que parezca, aun por encima de las injusticias sociales y de la aparente necesidad de los levantamientos y revoluciones. Estas últimas jamás son justificables. Decir lo contrario equivale a decir que para alcanzar la justicia y la paz es necesario primero derramar sangre y privar a otros de sus derechos, de sus bienes y de sus vidas, mediante el uso de la violencia. Y no puede haber justicia en semejantes afirmaciones, por mucho que haya grupos, minorías y sociedades que crean tener derecho a la revancha y piensen que históricamente se les debe algo que, de no concedérseles, lo tomarán por la fuerza. Una paz injusta es en definitiva preferible a semejantes modos de ajusticiarse que tienen ciertos pseudohéroes y caudillos del pueblo. Quien dude de esto que afirmo, debería leer la novela de Charles Dickens «Historia de dos ciudades», y allí verá los destrozos e injustificadas carnicerías, por demás inútiles e innecesarias, que supone toda revolución, aunque ésta se nos venda como justicia social desde el discurso oficial.
De allí que es necesario construir primero la paz, y sólo desde ahí, mediante la filosofía y el diálogo, llegar a la verdadera justicia, como hombres civilizados, y no como seres caóticos y destructores.
