Luis Antonio Godina Herrera
Cuando los tambores de guerra suenan en diferentes partes del mundo, el grito por la paz se debe imponer. Las balas, los misiles, los tanques o los drones no deberían tener cabida en la etapa en la que aparentemente la humanidad está más civilizada como nunca en su historia. Carlos Marx afirmaba que “la guerra es la partera de la historia”, una visión parcial de la misma podría sostener este dicho, sin embargo, nada puede ser superior a evitar el derramamiento de sangre inocente.
El siglo pasado fue el escenario de dos cruentas guerras mundiales y de diversas guerras en todos los continentes. El hombre lobo del hombre, se convirtió en la divisa en esos cien años. Los periodos de paz no fueron muchos, pero sí permitieron un crecimiento económico y un abatimiento de la pobreza más que significativos. La segunda posguerra y aún la llamada guerra fría fueron etapas en las que la paz se afirmó como el espacio para la construcción de acuerdos.
Nuestro siglo XXI, ya con 25 años, ha mostrado un recurrente altercado con la paz. Inició en 2001 con el atentado a las torres gemelas en Nueva York, y se extendió por África, medio oriente, y en años recientes a Ucrania, Palestina y Sudán. La muerte se volvió a sentar en la mesa de la humanidad.
La poesía no ha sido nunca ajena a esta permanente visión binaria del mundo: la guerra y la paz (escribiría Tolstoi). Miguel Hernández, por ejemplo, en Tristes guerras, escribió:
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
La palabra triste, tristeza es la mejor forma de escribir y describir la guerra. En oposición, Rafel Alberti en La Primavera ha venido, reseña:
La primavera ha venido
dejando en el olivar
un libro en cada nido.
Vivir leyendo, leyendo
mientras la paz en el mundo
no se nos vaya muriendo.
Paz, paz, paz para leer
un libro abierto en el alba
y otro en el atardecer.
Como género humano no podemos, no debemos permitir que la paz en el mundo se nos vaya muriendo. No tenemos derecho como generación a que eso pase. Esta imagen poética que nos brinda Alfonsina Storni, en Paz, nos invita a hacer todo lo que esté en nuestras manos para evitar su muerte:
Vamos hacia los árboles… el sueño
Se hará en nosotros por virtud celeste.
Vamos hacia los árboles; la noche
Nos será blanda, la tristeza leve.
Vamos hacia los árboles, el alma
Adormecida de perfume agreste.
Pero calla, no hables, sé piadoso;
No despiertes los pájaros que duermen.
Ya en estas páginas había referido el poema Civilización, de Jaime Torres Bodet, el cual es un himno a la paz, a la raza humana, a la humanidad como proyecto y deseos de vivir. Lean estas líneas que podrían emocionar a quien lo hiciera, independientemente del tiempo en que viva:
Un hombre muere en mí siempre que un hombre
muere en cualquier lugar, asesinado
por el miedo y la prisa de otros hombres.
Un hombre como yo; durante meses
en las entrañas de una madre oculto;
nacido, como yo,
entre esperanzas y entre lágrimas,
y -como yo- feliz de haber sufrido,
triste de haber gozado,
Hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.
Y nada está seguro de sí mismo
-ni en la semilla en germen,
ni en la aurora la alondra,
ni en la roca el diamante,
ni en la compacta oscuridad la estrella,
¡cuando hay hombres que amasan
el pan de su victoria
con el polvo sangriento de otros hombres!
Cantemos por la paz, gritemos por ella, todas y todos no permitamos que la guerra se imponga. Nunca más un niño mutilado, una madre sola, un hombre o una mujer abatidos en el campo de batalla. Hagamos de la palabra el factor de unión, la forma de superar la guerra, la manera de encontrar la paz.
