MINUCIAS DEL IDIOMA
Miguel Campos Ramos
Nadie sabe en qué periodo de la humanidad comenzaron las guerras. En una novela de ciencia ficción escrita por el británico Arthur C. Clarke, “2001: odisea del espacio”, hay una hipótesis: cuando dos grupos de monos van a beber agua a una laguna, de repente unos quieren beber primero, y los otros no los dejan. Uno de ellos descubre un fémur gigantesco y empieza a golpear con él a un oponente hasta matarlo, mientras grita algo como “¡grrr!, ¡grrr!”. Claro, Clarke plantea en esta novela la intervención de seres extraterrestres que dejaron un monolito, el cual es visto por ese mono que toma el fémur, y se supone que a través de él recibe la chispa de la inteligencia.
Más allá de supuestos, lo creíble es que las palabras empezaron por sonidos guturales, algo como lo que ahora conocemos por onomatopeyas, es decir, palabras que se formaron a partir de sonidos o ruidos, como el famoso “aplauso”, derivado sin duda de los golpes de las manos, “plas, plas”, al vitorear a alguien.
Así la guerra. Se supone, según la filología (ciencia que estdudia las culturas a través de sus lenguas y su literatura, sobre todo vía los textos escritos), que el origen de tan fea palabra es el sonido gutural “¡grrr!”, tan propio de estados emocionales de extrema alteración, obviamente emitidos sobre todo por los animales.
No es casual que esos sonidos vibrantes y hasta estridentes de la “erre”, hayan dado lugar a la palabra “guerra” en nuestras lenguas de origen latino, que la tomaron de una antigua raíz protogermánica, “werru”, la cual significaba “confusión o revuelta”. Por eso dio lugar a palabras equivalentes en otras lenguas nórdicas, por ejemplo: “war”, en igléss; “krig”, en sueco; “krieg”, en alemán; “oorlog”, en holandés; en ellas, prevalece ese sonido áspero de la “erre” gurtural, que nos remonta sin duda al gruñido de los primeros animales, y muy probablemente de los primeros homínidos, ancestros del hombre (como especie, aclaro, no sea que las mujeres se sientan excluidas).
De ese antecedente protogermánico la tomó el francés, donde se modificó a “werre”, para pasar al latín medieval como “werra”, y posterioremente como “guerra” a los idiomas de origen latino.
Ahora bien, si por la condición emocional del ser humano la guerra parece prevalecer todo el tiempo, lo opuesto, la paz, es resultado de convenios entre las partes, por eso la raíz de “paz” es “pactum”, o sea, “acuerdo” en latín.
En este sentido, es deseable que la humanidad tenga un pacto permanente y por lo tanto viva en paz. Lo cual por desgrcia no parece posible, pues el ser humano está constantemente alterado, dispuesto a emitir a la menor provocación esos sonidos guturales de enojo, “grrr”, al estilo de nuestros ancestros.
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