TEATRO 

Rodolfo Meléndez Sánchez 

 

 

Hay obras que se anuncian como “experimentos” y quedan en una simple pose. White Rabbit Red Rabbit no. El texto del dramaturgo iraní Nassim Soleimanpour —escrito en 2010, cuando el autor tenía prohibido salir de su país por negarse al servicio militar— es un dispositivo teatral que, a diferencia de los artefactos pretenciosos que abundan en la cartelera contemporánea, sí altera las reglas del juego. Lo hace de forma directa, inquietante y con un ingenio que descoloca tanto al público como al intérprete, quien llega a escena sin saber absolutamente nada de lo que leerá. 

Ese es el truco central: cada función es una lectura en frío. No hay ensayos, no hay director, no hay escenografía más allá de dos vasos de agua, una mesa metálica roja y un sobre del mismo color que contiene el guion. El texto, escrito en inglés, fue concebido para viajar sin la presencia física del autor, utilizando como mensajero —o víctima— a un actor distinto en cada función. Un mecanismo perfecto para un dramaturgo que, por razones políticas, no podía viajar. Era la voz de Soleimanpour haciendo un contrabando artístico a través del mundo. 

En Londres, Nueva York, Edimburgo y muchas otras ciudades, la dinámica se repite: la audiencia ve cómo el intérprete abre el sobre, respira hondo y enfrenta páginas que lo harán dudar, reír, desobedecer y, en ocasiones, temer. Michael Sheen, quien participó en una temporada reciente en el Soho, tomó aire de manera cómica antes de aventarse. Otros, como Olly Alexander, Miriam Margolyes, Alan Cumming, Paloma Faith y Whoopi Goldberg, también han prestado su cuerpo a esta experiencia, sabiendo —o intuyendo— que habrá indicaciones extrañas, como imitar a un avestruz o invitar al público a involucrarse físicamente en la acción. 

La obra, más que una narrativa lineal, es una serie de fábulas absurdistas protagonizadas por conejos blancos y rojos. Que nadie se confunda: no es un cuento infantil. El simbolismo crece, se tuerce y se oscurece hasta convertirse en una reflexión sobre la obediencia, la violencia colectiva y ese mecanismo perverso que lleva a un grupo a destruir a quien sobresale. En algún punto, el relato sobre el conejo que oculta sus orejas bajo un sombrero rojo para entrar a un circo deja de ser un simple guiño a la censura estatal y se transforma en algo más inquietante: un experimento repetido generación tras generación, en el que los conejos terminan atacando al que ha sido marcado como distinto. 

Pero el verdadero experimento no ocurre en la historia, sino en la sala. Soleimanpour explora los límites de la complicidad: ¿qué están dispuestos a hacer el actor y la audiencia simplemente porque un texto lo ordena? ¿Qué ocurre cuando el guion plantea algo que parece peligroso? En algunas funciones, la instrucción de beber un vaso de agua “posiblemente envenenada” ha provocado que espectadores se levanten impulsivamente al escenario para detener al intérprete. Que el riesgo sea ficticio no impide que el escalofrío sea real. 

Ese es el gran mérito del autor iraní: entender que el teatro no sólo es ficción, sino un pacto. Un ritual donde todos fingen, pero donde la obediencia —o la desobediencia— puede convertirse en un acto político. Por eso, aunque Soleimanpour insista en que White Rabbit Red Rabbit  “no es una obra política”, es imposible no leerla como una alegoría del poder que tiene la voz —la suya— para cruzar fronteras, desafiar prohibiciones y tensionar la relación entre autoridad y libertad. 

En Nueva York, los productores Devlin Elliott y Tom Kirdahy reconocen que la obra es una mezcla extraña de adrenalina, humor y provocación. Los actores que aceptan hacerla suelen hacerlo movidos por el miedo: “Eso me aterra, tengo que hacerlo”, les respondieron varios cuando se enteraron de que no podrían leer el guion antes. Nathan Lane, Cynthia Nixon, Wayne Brady y otros nombres prominentes se sumaron atraídos por esa sensación de vértigo que surge cuando el escenario deja de ser un territorio seguro. 

La obra ha viajado con éxito por más de 30 países y ha sido traducida a más de 30 idiomas. En algunos lugares —como el Gate Theatre de Londres— el público incluso tenía permitido mantener el celular encendido durante la función para enviar correos directamente al autor. Una forma literal de recordarnos que Soleimanpour está y no está: es una presencia ausente, un fantasma creativo que manipula a través de su texto el tiempo, el espacio y la conducta de quienes están en la sala. 

El teatro en la era digital suele obsesionarse con los efectos, las pantallas, la tecnología. White Rabbit Red Rabbit demuestra que la herramienta más poderosa sigue siendo la más antigua: la palabra. La suya es directa, íntima, juguetona y, por momentos, profundamente perturbadora. El autor se dirige constantemente al público a través del actor, creando la ilusión de una conversación privada, aunque todos sabemos que es una trampa: la voz es fija, pero cada intérprete la transforma, la perturba, la hace tambalearse. Cada función, por lo tanto, es irrepetible. 

El propio diseño de la obra funciona como un recordatorio de que el teatro en vivo opera con leyes distintas a las de cualquier otra forma artística. Una caída, un malentendido, un gesto involuntario, un ataque de risa: todo cuenta, todo altera la noche. Soleimanpour abraza ese caos con elegancia y picardía. Y aunque su texto a veces deja huecos —especialmente cuando juega con la tensión del “peligro” sin lograr que sea verosímil del todo—, la experiencia permanece. Quien sale del teatro no piensa en la trama, sino en su propia participación en ella. ¿Fuimos conejos blancos obedientes? ¿O rojos rebeldes? ¿O simplemente espectadores que permitieron, sin chistar, que el juego siguiera su curso? 

Hay pocas obras que logran abrir una conversación inmediata después del aplauso. Esta es una de ellas. Se discute qué parte era real, qué parte era ficción, qué tanto del relato del autor —su biografía, su censura, su aislamiento— debemos creer. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿qué tanto influye saber que Soleimanpour escribió estas palabras desde un país donde la libertad no es precisamente un derecho garantizado? 

Al final, White Rabbit Red Rabbit es teatro que rompe con las reglas y que confía en el público para ir más allá de la comodidad. Un juego serio disfrazado de fábula. Un acto de rebeldía escondido en un sobre rojo. Una invitación —exigente, incómoda, brillante— a cuestionar por qué obedecemos.