LA VISIÓN DE UN MERCADÓLOGO CON EXPERIENCIA
Arturo Méndez
Cada fin de año, como relojería, aparecen campañas publicitarias que nos invitan a tener “paz y armonía”. Pero detrás de estas invitaciones surge una pregunta incómoda: ¿estamos ante una auténtica invitación a la reflexión o simplemente ante un recurso emocional vacío? La respuesta determina el éxito o fracaso de cualquier iniciativa social. Tras cinco décadas en el marketing, he comprobado que la autenticidad no es un concepto abstracto, sino un principio práctico que se sostiene sobre tres pilares fundamentales: la integridad, que exige coherencia absoluta entre lo que se predica y lo que se practica, evitando esas contradicciones que tanto dañan la credibilidad, como cuando una empresa habla de paz mientras genera conflictos laborales; la transparencia, que implica mostrar abiertamente los procesos, recursos y metodologías detrás de cada iniciativa, permitiendo que cualquier ciudadano pueda entender el origen y destino de los fondos, los criterios de actuación y los mecanismos de evaluación; y las acciones verificables, que son resultados tangibles, medibles y comprobables que demuestran el impacto real más allá de las buenas intenciones, como la reducción documentada de índices de violencia en comunidades específicas gracias a programas sociales debidamente auditados.
No se trata de vender una emoción pasajera, sino de demostrar que la paz es sinónimo de dignidad, seguridad y responsabilidad compartida. La persuasión más poderosa, aquella que resiste el escepticismo natural de nuestra época, es la que logra integrar la paz en la identidad personal y colectiva.
Si bien la publicidad puede influir en actitudes temporales, transformar conductas profundas –como los patrones de participación ciudadana, las decisiones de voto o el compromiso comunitario– exige mucho más que campañas bien producidas. Para muestra basta un botón, la canción creada a partir de un jingle de Coca Cola en 1971, “I’d like to Teach the World to Sing”. Su letra expresaba el deseo de un mundo de amistad y amor, donde las personas puedan unirse y cantar en perfecta armonía, simbolizando la superación de las diferencias y la búsqueda de la paz mundial.
La paz no puede reducirse a una “marca” o a un producto de consumo, porque al comercializarla o empaquetarla como simple mensaje publicitario, pierde su esencia transformadora. Lo que realmente importa, lo que realmente permanece, es el impacto social tangible que mejora vidas concretas.
En definitiva, el marketing social es una herramienta valiosa para amplificar mensajes y movilizar a la sociedad hacia ideales compartidos, pero su impacto sólo será duradero y profundo si se sustenta en esa triada inseparable de integridad, transparencia y acciones verificables. La construcción de paz exige paciencia, consistencia y, sobre todo, una coherencia inquebrantable entre el discurso y la acción. La paz no es un anuncio que se transmite en prime time, ni un eslogan que se imprime en vallas publicitarias: es una construcción colectiva, constante y paciente, ladrillo a ladrillo, que comienza cuando las palabras se convierten en hechos y cuando las promesas dan paso a resultados tangibles para todos.
