CINE 

Agustín Ortiz 

 

 

 

Laberíntica. 

Siniestra. 

Pero esencial. 

sagrada, como siempre deberían de ser. 

Así se nos presenta, custodiada por cuatro torres y ubicada en el tercer piso de una abadía del siglo XIV, la biblioteca de la orden Benedictina, lugar donde han ocurrido una serie de asesinatos (donde los cadáveres presentan manchas negras en los dedos y lengua) que deberán resolver, en medio de intrigas y confusión, el monje Franciscano William de Barkesville y su novicio Adso De Melk (símiles de Sherlock Holmes y su fiel Dr. Watson, interpretados con maestría por el legendario Sean Connery y el en ese entonces joven promesa Christian Slater). 

Que un lugar sede de conocimientos ancestrales y registros de otra época sea el escenario de dicha aventura, más que antojarse un simple capricho de locación, parece un contraste que busca desde el principio descolocar al espectador: ¿Cómo un repositorio de conocimiento, de historia, puede albergar crímenes tan funestos? 

¿No es el conocimiento lo que nos separa de las bestias? 

Basada en el Best Seller del mismo nombre escrito por el italiano Umberto Eco, esta cinta de 1986 dirigida por Jean-Jacques Annaud con guion del propio Eco (que quedó tan decepcionado de la cinta que prohibió adaptaciones futuras de su trabajo al cine), El nombre de la rosa es más que una mera cinta de misterio, donde bajo la premisa de un whodunit y con un carácter metaficcional que rinde tributo al mismo tiempo que se encarga de hablar de la historia contenida en los libros como el origen de lo que somos y creemos (bajo la premisa de que todas simplemente son una reescritura de algo ya existente, un eco que adquiere posteridad al ser plasmado entre páginas), pero lo anterior no desde un punto de vista inspiracional sino que, tomando como pretexto uno de los más legendarios libros perdidos en la historia de la literatura (Comedia, de Aristóteles), en un tono oscuro, de los peligros de obsesionarnos por el conocimiento, prefiriendo la frialdad de la literalidad-traducido aquí como el mero conocimiento impreso- dejando a un lado lo humano y la razón. 

El conocimiento para satisfacer al ego y no a la mente. 

Así, vamos descubriendo junto con William que esta biblioteca no es solamente un escenario sino también un motivo: el objetivo de acumular dichos libros para preservar ese conocimiento contenido en sus millones de páginas adquiere, en las manos equivocadas, una fatalidad donde la soberbia de mantenerlos cautivos, alejados de la gente a la que no se le considera digna de poder saberlo, ocasiona los crímenes que desencadenan una trama donde aquello que decía Pablo Neruda sobre la risa como el suspiro del alma pierde el matiz poético para convertirse en una máxima que deberíamos recordar a la hora de vivir, de adentrarnos en un libro, una revista o un artículo, y procurar compartir lo aprendido y dialogarlo, en lugar de tenerlo en cautiverio, dentro de nosotros, y dejar incube fríamente sin buscar confrontarlo a la realidad, racionalizarlo. 

Y así comprender que es imposible un conocimiento absoluto. 

Pero sí historias que nos ayudan a saber, a entendernos, que nos construyen. 

Y las bibliotecas están llenas de ellas. 

Parafraseando a GoyaEl sueño del conocimiento, sin razón, produce monstruos.