SABER PROFUNDO
Jorge A. Rodríguez y Morgado
“Todo lo que necesitas para un futuro mejor y el éxito ya está escrito.
¿Y sabes qué? Sólo tienes que ir a la biblioteca.”
Henri Frederic Amiel
A lo largo de la historia, el ser humano ha sentido la imperiosa necesidad de documentar su estilo de vida y los conocimientos alcanzados como una estrategia de supervivencia y evolución cultural para garantizar que las generaciones futuras no tuvieran que empezar desde cero.
Las primeras formas de comunicación incluían las pinturas rupestres, creadas hace miles años sobre paredes rocosas y cuevas (la silueta de una mano pintada en Indonesia tiene al menos 67,800 años de antigüedad), y los petroglifos de Murujuga, en Australia Occidental, con una antigüedad estimada de 50,000 años. Posteriormente la tradición oral (mitos y leyendas) y las tablillas de arcilla, jugaron un papel importante.
Estas primeras formas permitieron a nuestros ancestros trascender el tiempo y el espacio, transmitiendo conocimientos, creencias y experiencias, a través de documentos (arcilla, roca, seda, bambú, papel) que fueron resguardados en las bibliotecas.
La palabra biblioteca proviene del griego bibliothēkē, compuesta por biblion (“libro”) y thēkē (“caja” o “depósito”); con el significado de “lugar donde se guardan los libros”.
Las primeras bibliotecas de la historia surgieron en la antigua Mesopotamia (actual Irak y Siria) hace unos 4,000 años, consistiendo en archivos de tablillas de arcilla y piedra. Destacan especialmente la de Ebla (ca. 2,500 a. C.), que albergaba una vasta colección de cerca de 20,000 tablillas de arcilla, y la famosa Biblioteca Asurbanipal (650 a. C.) en Nínive, con más de 30,000 tablillas de arcilla con escritura cuneiforme.
Los libros de seda y bambú, característicos de China, se guardaban principalmente en archivos imperiales, bibliotecas palaciegas y colecciones aristocráticas. Actualmente la Academia Sinica (Taipei), fundada en 1928, alberga una colección de más de 30,000 tablillas de madera y bambú (con fechas alrededor del siglo I d. C.), descubiertas en expediciones en Juyan, Mongolia Interior.
El papiro fue inventado por los antiguos egipcios alrededor del 3,000 a. C., revolucionando el registro de documentos administrativos, religiosos y literarios. En Egipto las bibliotecas eran sabiamente llamadas “El tesoro de los remedios del alma”, pues en ella se combatía al enemigo número uno: la ignorancia. La Biblioteca de Alejandría (s. III a. C.) fue el epicentro del saber clásico con 700,000 rollos de papiro con lo más selecto de la literatura y las ciencias griegas. Fue destruida debido a incendios accidentales (48 a.C.), la inestabilidad política (siglo III d.C.) y conflictos religiosos/paganos (391 d.C.).
La primera biblioteca pública del mundo se atribuye al gobernante ateniense Pisístrato, alrededor del año 560 a. C. en Atenas, Grecia. Posteriormente fue adoptado este concepto en la antigua Roma por Cayo Asinio Polión alrededor del año 39 a. C., en el Atrium Libertatis (“Casa de la Libertad”) del Monte Aventino, una de las famosas siete colinas de la antigua Roma.
El invento del papel en China en el año 105 d. C. por el cortesano Ts’ai Lun, sustituyó los materiales de escritura más pesados y caros como el bambú y la seda. Este invento llegó al mundo islámico en el siglo VIII y gradualmente a Europa, facilitando la copia de libros y la expansión del conocimiento.
Con el perfeccionamiento de la imprenta por Johannes Gutenberg hacia 1450, se logró la “democratización del conocimiento”, ya que, al abaratar y acelerar la elaboración de libros, se consiguió la producción en masa de textos, impulsando la alfabetización, el pensamiento crítico y revoluciones como el Renacimiento (Humanismo) y la Reforma. Con el auge de las universidades, las bibliotecas se expandieron.
En América, las civilizaciones mesoamericanas transmitían su conocimiento a través de los códices. Nuestro país fue el primero en contar con una imprenta y una biblioteca, ubicada en la Catedral, en el año de 1534. No obstante, poseer los libros era un privilegio de los españoles y criollos.
La Biblioteca Palafoxiana, fundada en 1646 en nuestra ciudad de Puebla, por el obispo Juan de Palafox y Mendoza, es reconocida como la primera biblioteca pública del continente americano. Alberga un invaluable acervo de más de 45,000 volúmenes y más de 5,000 manuscritos que datan desde el siglo XV hasta el XX. Incluye nueve incunables (libros impresos en los inicios de la imprenta), el más antiguo “Los Doce Libros de Historia de Heródoto”, impreso en 1473. La biblioteca Palafoxiana fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1981 y nombrada Memoria del Mundo por la UNESCO en 2005.
Al terminar la Independencia de México, en 1821, los liberales fundaron bibliotecas públicas, aunque el conocimiento estaba restringido para la mayoría de las personas, por lo que después de la Revolución de 1910 se buscó que los libros llegaran a todos los rincones del país. A partir de los años cincuenta, las bibliotecas universitarias comenzaron a recibir más apoyo y en 1983 se establece el Plan Nacional de Bibliotecas Públicas.
En la actualidad, vivimos en una Era Digital dominada por la tecnología, Internet, la computadora, los dispositivos móviles, inteligencia artificial, medios visuales 3D y redes sociales, que han transformado la comunicación en instantánea, bidireccional y global, por lo que muchas personas han dejado de asistir a las bibliotecas físicas.
Las bibliotecas siguen siendo espacios fundamentales, ya que resguardan documentos únicos, preservan la memoria cultural de los pueblos y nos ayudan a mantener viva nuestra identidad. Fomentan la alfabetización digital y digitalizan archivos para preservar la memoria colectiva, convirtiéndose en pilares fundamentales de la democracia y la ciudadanía
Conservar las bibliotecas es una manera de atesorar nuestra historia ya que “democratizan el conocimiento” eliminando barreras sociales y económicas al garantizar acceso libre, gratuito y equitativo a la información, la educación y la cultura para toda la población.
