SENA
Laurence Le Bouhellec
En una conferencia pronunciada en el siglo pasado, a finales de la década de los sesenta, el filósofo francés Michel Foucault abrió la reflexión sobre las específicas características de “los espacios otros”, que no pueden ser pensados como utopías, porque las utopías refieren a lugares ideales que no existen, y, al contrario, aquellos “espacios otros” a los cuales hace referencia, sí existen, duplicando de facto el espectro de lo posible de nuestra realidad. Son llamados heterotopías, una palabra que articula dos términos del griego antiguo: héteros [otro, diferente] y tópos [lugar, espacio], ampliando de esta manera el sentido inicial dado al término en la jerga médica del siglo XIX -la presencia de tejidos u órganos en un lugar inhabitual- y que, en el nuevo uso asignado al vocablo, refiere, básicamente, la capacidad que ha tenido el ser humano de poder reunir y hacer convivir de manera artificial, en un mismo lugar, elementos a priori incompatibles.
En este sentido, el jardín, sea botánico, a la francesa, a la japonesa o a la inglesa, en todas y cada una de sus vertientes histórico-culturales es una auténtica heterotopía, ya que no es más que el muy puntual resultado de una expresa voluntad humana por manifestar su dominio absoluto sobre la naturaleza y sus elementos. Por ello, el jardín de Vaux-le-Vicomte, en Francia, diseñado por André Le Nôtre en el siglo XVII, se ha vuelto tan paradigmático, y no solamente por el recurso de parterres diseñados con base en rigurosos patronos geométricos, sino también por las ilusiones visuales logradas a lo largo de sus treinta y tres hectáreas. Espacio-tiempo de la más pura fantasía humana, la heterotopía es, en este caso, un espacio de total disfrute, “una heterotopía feliz”, dice M. Foucault. Un comentario que permite al filósofo subrayar también que, como seres humanos, no habitamos ni ocupamos espacios homogéneos, sino, y, muy al contrario, espacios cargados de cualidades, positivas o negativas según nuestra propia historia o la de la comunidad a la cual pertenecemos.
Sin embargo, además de producir heterotopías, nuestras sociedades se han distinguido por articularlas, eventualmente, con heterocronías, dando origen a las heterotopías del tiempo: las bibliotecas y, a partir del siglo XVIII, los museos. Estos monumentos emblemáticos de la historia y evolución de la humanidad fueron ideados como lugares únicos y muy singulares, en los cuales se pretende llegar a atesorar y acumular ad infinitum productos y objetos de todas las épocas y todos los gustos. En lo particular, y desde su origen, la biblioteca ha sido consagrada como un lugar de memoria y transmisión del conocimiento. No obstante, en la sociedad contemporánea su protagonismo se ha visto cuestionado y debilitado, ya que el libro ha ido perdiendo poco a poco, y para una gran mayoría, su valor de imprescindible referente cultural. De ahí que la biblioteca ha tenido que matizar su vocación inicial y transformarse, acorde con las evoluciones sociales: aparte de seguir siendo un lugar asociado con la consulta o préstamo de determinados tipos de documentos, se ha vuelto un espacio clave en la vida social, favoreciendo los encuentros y las reuniones informales.
A menudo presentadas en revistas especializadas en arquitectura y diseño, la arquitectura de bibliotecas, como la arquitectura de museos, ha resultado muy atractiva para los expertos. Y sus edificios se han vuelto a menudo referentes turísticos. Es, por ejemplo, el caso de la biblioteca Joanina perteneciente a la universidad portuguesa de Coímbra, famosa tanto por su diseño barroco del siglo XVIII como por la población de murciélagos que en ella habita y protege los libros almacenados. Ahora bien, la digitalización de las colecciones, así como la implementación de nuevas tecnologías ha detonado en la necesaria tecnificación de los edificios, disparando la visibilidad de aquellos “espacios otros”. Otrora oculta en un palacio o monasterio, en el siglo XXI, la biblioteca se ha vuelto un referente arquitectónico urbano tanto por sus características exteriores como interiores; en este sentido, se distingue la biblioteca alemana de Stuttgart con sus escaleras aleatorias y sus ladrillos de vidrio que se iluminan de noche con diferentes colores; en Barcelona sobresale, igualmente, la biblioteca García Márquez, reconocida como la mejor biblioteca pública del mundo en 2023.
