MERCADOTECNIA AL DÍA
Arturo Méndez
Si lo piensas como mercadólogo, la historia de las bibliotecas es la historia de una marca que dominó durante siglos la categoría de “acceso al conocimiento”. Nacieron como depósitos selectivos, evolucionaron a templos cívicos de lectura y, con el tiempo, se convirtieron en infraestructura pública: orden, catálogo, silencio y autoridad. Su promesa era clara: aquí está la verdad, validada y disponible.
El cambio no llegó con un competidor tradicional, sino con un nuevo hábito. Google convirtió la búsqueda en un reflejo: una caja, una pregunta y una respuesta inmediata. La inteligencia artificial añade un segundo salto: ya no sólo encuentras información, ahora también se te entrega redactada. En marketing, esto se conoce como desintermediación: el usuario dejó de percibir a la biblioteca como el camino más corto.
En México, sin embargo, la biblioteca no es sólo estantería; es política social. Documentos de la Dirección General de Bibliotecas subrayan su papel en la reducción de brechas digitales y en el acceso a servicios tecnológicos. En años recientes, se ha reportado la incorporación de préstamos de libros electrónicos, consultas en línea y talleres virtuales para adaptarse a nuevas formas de lectura. Esto indica que el producto ya está evolucionando; el reto es comunicarlo.
Puebla ofrece un símbolo ideal para narrar esta transición: la Biblioteca Palafoxiana. Fundada en 1646 y concebida desde su origen como biblioteca pública, es reconocida como la primera de su tipo en América. Además, su acervo fue inscrito en el programa Memoria del Mundo de la UNESCO. Desde la óptica de marca, representa patrimonio y experiencia: algo que lo digital no puede sustituir físicamente.
En contraste, la Biblioteca Vasconcelos, inaugurada en 2006, encarna la biblioteca contemporánea: un espacio cultural integral. Su existencia demuestra que el “lugar” sigue siendo relevante cuando ofrece algo más que libros. En términos de marketing, esto implica diseñar experiencias memorables que generen recomendación.
Decir que las bibliotecas quedaron obsoletas sería equivalente a afirmar que las tiendas físicas desaparecieron con el comercio electrónico. No desaparecieron: evolucionaron. Hoy, la biblioteca no compite en velocidad de búsqueda, sino en confianza, contexto y comunidad. La alfabetización informacional —la capacidad de evaluar fuentes y usar la información con criterio— se convierte en su ventaja en la era digital.
La estrategia, entonces, es el reposicionamiento: pasar de “lugar donde hay libros” a “laboratorio de decisiones”. Segmentar es clave: estudiantes que requieren fuentes confiables, emprendedores que necesitan datos, familias que buscan cultura y turistas interesados en identidad, ¿o me equivoco?
