MUSEOS 

Eduardo Pineda 

 

 

En entregas pasadas alusivas al día (o mes) del libro, dediqué mis líneas a la biblioteca Palafoxiana y a la biblioteca histórica José María Lafragua. Por ello, hoy deseo explorar aquella biblioteca que nunca se nutrió por los libros perdidos que se humificaron y quedaron reducidos a cenizas tras la conquista del imperio español sobre los pueblos que habitaban los territorios que conforman parte de nuestro país y de otras naciones del caribe: los códices dibujados en papiros. 

La noche del 12 de julio de 1562 una hoguera iluminó la oscuridad de Maní, Yucatán. Aquel fuego era alimentado con objetos sagrados y sobre todo con los 40 códices en los que se explicaba toda la vida e historia del pueblo maya. 

Tras la quema de sus ídolos, códices y el atropello a su identidad, algunos indígenas se suicidaron. La orden para ejecutar esta destrucción la dio Fray Diego de Landa Calderón, un misionero franciscano de 38 años de edad a quien la iglesia le encomendó convertir a los nativos al catolicismo. Unos 13 años antes de esta quema de ídolos y documentos mayas en Maní, Fray Diego de Landa emprendió un viaje de aprendizaje sobre la cultura maya con la paciencia de un antropólogo, se le conoció como el misionero que más caminó por montañas y selva de la Península de Yucatán, para saber lo más posible de esa cultura. Así, el fraile fue ganando la confianza de los pobladores, quienes terminaron por mostrarle algunos escritos sagrados; al verlos no hizo nada, no era el momento, aunque se cree que vio aquello como creencias diabólicas. 

Durante estos años De Landa se fue haciendo a la idea de que en Yucatán existía una red clandestina de “apóstatas” mayas que querían empoderar a las fuerzas demoníacas antes de que lo hiciera el catolicismo, sintió que tenía que hacer algo para evitarlo, y para 1562 la Inquisición Española estaba en su momento cumbre. Fray Diego de Landa Calderón vio el momento perfecto, ordenó que se realizara en Maní un Auto de Fe, una figura de la Inquisición que obligaba a potenciales creyentes de cosas del demonio a arrepentirse en actos públicos para que así el resto de los habitantes, que en aquellos eventos fungían como espectadores, supieran a qué se atenían. 

La quema de códices no fue exclusiva en el territorio maya, en todo lo largo y ancho de Mesoamérica se perpetraron crímenes de igual magnitud con la intensión de extinguir la cultura de los subyugados y demoler su identidad, cortar de tajo sus raíces y dejar desprovistas de información y cultura a las nuevas generaciones de mestizos.  

Sin embargo, la tradición oral, el sincretismo religioso y la comunicación transgeneracional, impidieron dicha extinción y, aunque sí hubo una importante merma cultural en los pueblos originarios, aún en nuestros días se preserva la cosmovisión de los antiguos pobladores, misma que se expresa en sus tradiciones, quehaceres, técnicas, ritos y conocimiento de la cosmogonía, el entorno natural y la fisiología humana.  

Aunque son muy pocos los códices que en la actualidad se preservan y son muchísimos los que nunca llegaron a un museo o biblioteca histórica, hoy podemos afirmar que siguen vivos en la garganta de quien conversan con los herederos de la tradición prehispánica, haciendo que los pueblos originarios no sean historia sino presente, que sus saberes son inconmensurables a los nuestros, que gran parte de ellos habitan en nosotros, que somos un  solo pueblo hecho con el constructo del mestizaje y la resistencia. 

 

 

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