CINE
Agustín Ortiz
En 1967 el actor y activista Sidney Poitier (1927-2022) se encontraba en una encrucijada: después de convertirse en el primer actor de color en ganar el Óscar a mejor actor por Los lirios del valle (Lillies of the field, de 1963, por Ralph Nelson) y habiéndose anotado un éxito en taquilla con Cuando solo el corazón ve (A Patch of Blue, de 1965, por Guy Green), el histrión veía cómo su talento e importancia eran menospreciados por los estudios, mismos que no dejaban de ofrecerle papeles unidimensionales encuadrados en la figura del magic negro (estereotipo ofensivo donde un personaje de color, ya fuera desde la mística, magia o sabiduría, ayuda a un protagonista blanco a salir adelante, redimiéndolo al mismo tiempo que perpetúa estereotipos racistas), mientras que su trabajo como activista opacaba el prestigio que había adquirido a base de determinación y talento.
Lo que él no sabía era que ese año sería decisivo en su vida.
Uno que cambiaría su trayectoria.
Y a esa industria que se esforzaba en encasillarlo.
Se dice que fue la ceremonia del Óscar de 1968 la decisiva a la hora de inaugurar el Nuevo Hollywood nominando cintas que se sacudían el artificio para abrazar narrativas más cercanas al ciudadano promedio: En la categoría para mejor película cabían desde la crisis existencial de la generación que crecía en los 60’s (El Graduado, de Mike Nichols), influencias de la revolucionaria Nueva Ola Francesa (Bonnie & Clyde, de Arthur Penn), hasta una intentona del Hollywood Clásico por seguir vigente con fórmulas de antaño y una campaña publicitaria intensa que no se veía reflejada tanto en crítica como en taquilla (Dr Doolitle, producida por la 20th Century Fox, un musical que desde su estreno se sentía anticuado y que Poitier había rechazado coprotagonizar por lo mencionado líneas arriba).
Pero entre las nominadas ese año había dos cintas que tenían dos denominadores en común.
Uno era que Sidney Poitier protagonizaba, en papeles que lo alejaban del estereotipo al que se sentía que se había acostumbrado al espectador a ver a actores de color: un doctor y un detective.
La primera en clave de romance, y la segunda en tono policiaco.
El otro, transgresor para esos tiempos, que hablaban a un Estados Unidos y al racismo que en ese entonces activistas como Martin Luther King y Malcolm X luchaban por erradicar.
Porque lo que vemos en Adivina quién viene a cenar (Guess who is coming to dinner, de Stanley Kramer) y, sobre todo, en Al calor de la noche (In the heat of the night, de Norman Jewinson) es a un actor entregándose y empalmando ese activismo con personajes cuya brillantez es opacada por los prejuicios existentes en torno a su piel, demostrando su valía con protagónicos que, hay que decirlo, eran reservados para actores blancos y encasillados en ese tipo de roles.
Así, en Adivina… (ganadora del Óscar a Mejor guion original y Mejor Actriz) lo vemos encarnando al novio perfecto, uno noble y exitoso, que aun así debe mantener la entereza para conocer a la familia de su novia (encarnados magistralmente por esa pareja legendaria que fueron Katherine Hepburn y Spencer Tracy, el segundo en su última película), comprendiendo que no tiene nada que demostrar ante ellos. Mientras que en la magnífica Al calor de la noche (ganadora del Óscar a Mejor película, Actor, Edición, Sonido y Guión adaptado), interpretando al formidable pero iracundo detective Virgil Tibbs, Poitier encarna con entereza, vulnerabilidad y rabia a un agente del orden que no sólo debe resolver un crimen que ha dejado perplejos a la fuerza policial de un siniestro Misisipi (encabezados por un sublime Rod Steiger, que ganaría el Óscar a Mejor actor ese año, categoría por la cual inexplicablemente Poitier no fue nominado), al mismo tiempo que debe lidiar con el racismo y violencia que permean a esa región que no lo quiere de visita.
Y que en muchas ocasiones proviene de la Autoridad que él debería considerar aliada.
En esos dos papeles, aparentemente dispares, vemos a Poitier comprendiendo la responsabilidad de ser un ícono, no dejando que la valía de sus personajes y la personalidad intensa del histrión sean engullidas por la trama, sirviendo la misma como un pretexto para transmitir ideas que en ese entonces se antojaban polémicas pero cuya polémica partía de un prejuicio que había permeado en América y que, aunque suene cursi, en estas dos cintas aportó un granito de arena que (re)movió la percepción de un statu quo mostrando al humano que existe sin importar el color de la piel dentro de narrativas populares como son el romance y lo policiaco.
Y que fueron galardonadas por esa Institución que tanto había menospreciado a una etnia (en años anteriores, solamente Hattie McDaniel, por Lo que el viento se llevó, y Poitier habían sido ganadores Óscar, debiendo McDaniel que sentarse en la cocina de la sede después de recoger su galardón), al mismo tiempo que el Séptimo Arte abría los ojos a un público que no solamente disfrutaba esas historias.
Malcolm X, Haz lo correcto, Moonlight, Huye, Precious, Ray, 12 años como esclavo, Selma, Eve´s Bayou, El Color Púrpura, Chicos del Barrio, Un Principe en Nueva York, El Ocaso de una estrella, El pasado nos condena, Pantera Negra, American Fiction, Rosewood, Huracán y la más reciente Sinners (por sólo mencionar algunas) son cintas que no se antojan no solamente entretenidas, sino que son necesarias tanto para el Séptimo Arte como para rastrear la convulsa historia de Norteamérica.
¿Y Poitier? Sidney siguió, tanto delante de la cámara como tras ella, con la satisfacción que alcanzan aquellos que se saben fueron decisivos, siendo hasta su muerte en el año 2022 una leyenda en vida, habiendo seguido sus propias reglas en una Industria que le había quedado chica.
Con la entereza, talento y personalidad que nunca hizo a un lado.
Satisfecho, pero comprendiendo que la lucha seguía.
Y que la revolución era filmada.
Y continuaría siéndolo.
