LA CAVERNA
Miguel Campos Quiroz
Cuando en nuestro país se habla de «las etnias», lo primero que se viene a la mente de la mayoría es la diversidad de grupos indígenas existentes dentro del territorio mexicano, e incluso existe la idea generalizada, así como equivocada, de que «etnia» significa precisamente «pueblo o raza indígena», y se piensa en tales etnias indígenas en términos de reivindicación, y como siendo los grupos humanos verdaderamente representativos de la identidad nacional, aun cuando hablamos de realidades tan diversas, heterogéneas, e inconexas entre sí, como para que puedan considerarse como un todo representativo de la mexicanidad. Y aunque sus miembros en conjunto son muy numerosos en nuestro país, no puede afirmarse sin embargo que ellos constituyan una unidad cultural, aun cuando ciertamente forman parte de la riqueza multicultural de nuestro país.
El diccionario de la RAE define el vocablo Etnia de la siguiente manera: «Comunidad humana definida por afinidades raciales, lingüísticas, culturales, etc.», y a continuación nos da una pequeña lista de sinónimos y afines de esta palabra: «raza, pueblo, tribu, clan.»
Bajo esta definición, cuando en México hablamos equivocadamente sobre las «etnias» como significando las «etnias indígenas», estamos dejando fuera a otras etnias existentes en nuestro territorio, que, aunque minoritarias, son existentes en él, tales como los asiáticos, los negros de origen africano, los libaneses, los judíos sefardíes, los italomexicanos, los blancos de origen europeo, etc. Y por supuesto, estamos haciendo a un lado también a la que es la etnia mayoritaria en nuestro país y a la que pertenecemos la inmensa mayoría de nosotros: la hispana.
Los mexicanos, aunque racialmente hablando somos el mestizaje de la raza ibérica con un fuerte componente indígena en nuestra genética (y en menor medida de otras razas minoritarias que también conforman nuestra herencia), por lo cual se suele afirmar correctamente que somos una raza mestiza, no obstante los rasgos culturales como el idioma, las tradiciones, el estilo de vida occidental, la religión mayoritaria, el carácter, y un sinfín de códigos compartidos nos convierten a todos en una única y misma etnia que no entra en la clasificación de etnia indígena, sino que es esencial y predominantemente hispánica.
Dichos rasgos culturales e identitarios unen a todo un país de norte a sur de una manera que nos permite la interacción entre individuos de los rincones más remotos de México sin vernos como extraños, por muy diversos que sean nuestros rasgos particulares regionales, y que nos diferencian de, por ejemplo, una nación tan cercana a nosotros físicamente pero culturalmente tan diferente y lejana a la nuestra, como es la de nuestro vecino del norte, y tanto es así, que por la identidad hispana que compartimos 22 países en 4 continentes, perteneciendo todos nosotros a la misma etnia en virtud de las características que definen lo que es una etnia (afinidades raciales, lingüísticas, culturales, etc., como quedó dicho), uno puede viajar a España y sentirse como en casa sin ver a los habitantes de ese país como extranjeros ni como radicalmente diferentes a nosotros, mientras que no ocurriría lo mismo si cruzáramos la frontera hacia la Norteamérica anglosajona, por mucho que esta última quede para nosotros a la vuelta de la esquina, mientras que de la primera nos separe todo un océano.
Ahora bien: ¿a qué se debe el hecho de que hayamos construido un imaginario nacional basado en la identidad étnica indígena (aunque ésta ni siquiera constituya un único grupo homogéneo representativo de México), aun cuando nuestra identidad cultural es mayoritariamente hispana?
Hay principalmente dos razones por las que esto es así. La primera de ellas es un afán nacionalista, que desde la creación de México como estado moderno y como nación independiente, ha buscado desligarse, al menos en el discurso, de todo lo que ligue a nuestro país con su herencia española, creando una falsa identidad basada más en idealizaciones de un pasado prehispánico mitificado y mistificado, que en rescatar la verdadera historia y la auténtica grandeza de esos antiguos pueblos que habitaron lo que hoy es nuestro territorio nacional, muchos de los cuales, por cierto, participaron activamente en las campañas de conquista española que además se extendieron mucho más allá de nuestras actuales fronteras, llevando así nuestra influencia cultural y nuestra impronta genética tan lejos como las islas Filipinas en el continente asiático, en cuyas lenguas locales existen hasta hoy palabras directamente tomadas del idioma náhuatl, y que llegaron hasta allá gracias a los conquistadores, tanto ibéricos como indígenas, que partieron a esas tierras en el Galeón de Manila, conocido también como la Nao de China, y que por cierto es la nave a bordo de la cual es muy probable que llegara a nuestras tierras, procedente de aquellas lejanas islas en Asia, Catarina de San Juan (por su nombre cristiano), nuestra querida China Poblana.
La segunda razón por la que renegamos de nuestra hispanidad mientras que abrazamos el falso indigenismo, es el avance de las ideologías de corte progresista, que desde hace pocos años se han apropiado malintencionadamente de ese discurso nacionalista con fines supuestamente reivindicativos.
Y no hay peor cosa que despreciar así la mitad de lo que somos.
