José Luis Solá
En fútbol, para mí, existe una máxima: “Como entrenas, juegas. Como juegas, entrenas”. No existe, desde mi punto de vista, basado en conductismo, madurez, hábitos o simple experiencia, alguna razón que me haga pensar que alguien, cualquier jugador, tenga la capacidad de comportarse de una manera de lunes a viernes y luego, por arte de magia, llegue el día de partido y haga algo distinto; ni para bien, pero tampoco para mal. Esta frase me conecta directamente con el punto medular de la columna: se juega como se vive; se vive como se juega. El futbol, como actividad popular, ya sea practicándola o consumiéndola, está directamente relacionada con la cultura. El futbol es un medio de expresión, el futbol es consecuencia, el futbol es una respuesta (parte de un ciclo en el que a veces le toca ser pregunta), el futbol representa, o al menos se siente más cómodo, cuando refleja las creencias, valores, costumbres y formas de relacionarse en determinada comunidad.
Más que una “selección nacional”, como es común referirse a ella en nuestro país, me hace más sentido, partiendo de que concibo el fútbol como un sentimiento, llamarle “representativo nacional” a ese conjunto de individuos que compiten bajo un sistema y reglas preestablecidas por un objetivo, pero, idealmente, bajo ciertos parámetros culturales. Utópicamente el representativo nacional de futbol debería de tener como principales características ser un equipo aguerrido que siempre pondere el esfuerzo por sobre todas las cosas, un equipo en el que se soporte y premie la creatividad individual y, un poco conectado con la primera característica, un equipo colaborador en el que todas sus partes/miembros se ayuden y asistan a lo largo de la competencia por la simple satisfacción del servir. Si mi hipótesis es cierta, el ciudadano mexicano, siendo o no aficionado al futbol, debería emocionarse, estremecerse, conmoverse al ver un equipo que actúa así, más allá del marcador final.
Futbol y cultura, cultura y futbol. Poetas, pintores, escritores, incluso escultores, los han unido. Futbol y cultura, cultura y futbol.
Anhelo que los verdaderos protagonistas, los futbolistas, guiados por líderes consientes y sensibles de la realidad y necesidad, puedan ser los responsables de conectar ambos sentimientos, inseparables en esencia pero que el ser humano, en su afán de protagonismo, se ha empeñado en apartar. Esta globalización y el exceso de información que nos juegan tantas veces en contra, generan confusión y, lo que para mí es uno de los peores males de la humanidad, una desidentificación en el sentido negativo. Perder o, peor aún, negar tu esencia es incómodo, antinatura. No es el fútbol el remedio, pero sin lugar a duda por siempre será un termómetro cultural.
Culturalmente el fútbol impacta cada día con mayor fuerza y cantidad de áreas a la humanidad; por el contrario, el fútbol es cada vez menos enriquecido por la cultura del lugar donde se práctica u observa. Consumidores y practicantes “enlatados”, en serie, que piensan, ejecutan y sienten (evidentemente cada vez menos) de forma programada, desensibilizada y, para mí, engañada de que su emoción y sentimiento es incorrecto a sabiendas de que ambos siempre te acercan a la felicidad.
