TEATRO
Rodolfo Meléndez Sánchez
Las distintas reposiciones de The Beautiful Game, musical de Andrew Lloyd Webber y Ben Elton, utilizaron el futbol como estructura que representara la división religiosa que atravesó Belfast a finales de los años sesenta. Las producciones montadas entre 2014 y 2018 llevaron esa idea mediante coreografías físicas, distribución del público y recursos visuales que representaban mediante pura semiótica la polarización.
La historia sigue a un equipo juvenil católico mientras Irlanda del Norte entra en el periodo conocido como The Troubles. Los partidos se transforman en un espacio político y religioso donde cada personaje queda obligado a elegir una identidad. La obra plantea que en Belfast nadie podía permanecer neutral.
La producción presentada en The Other Palace en 2018 bajo dirección de Hannah Chissick desarrolló el drama mediante enfrentamientos coreográficos. Matt Cole construyó escenas donde los jugadores dejan de comportarse como compañeros y se vuelven violentos el uno contra el otro enfatizando la división al colocarse a extremos opuestos del escenario. Las canciones grupales cambian de tono conforme avanza la historia. Los himnos juveniles derivan en consignas marcadas llenas de miedo.
El personaje de Thomas representa esa transformación. Su tránsito hacia el extremismo religioso se expresa en gestos físicos, silencios y peleas con sus amigos. En varias producciones, Thomas rompe visualmente la unidad escénica. Su presencia desplaza el sentido de comunidad que existía al inicio de la obra.
La puesta realizada en el Union Theatre en 2014 utilizó el espacio como parte del simbolismo político. El público fue dividido en dos lados opuestos del recinto. Durante la canción God’s Own Country, los asistentes recibían panfletos blancos y naranjas que identificaban simbólicamente a católicos y protestantes. La audiencia quedó incorporada a la lógica sectaria que domina la historia.
Ese montaje también utilizó bancas de madera y voces sin amplificación. La austeridad escénica daba la sensación de que los asistentes pasaran de estar en un partido de futbol, a alguna junta vecinal de Belfast. Los actores permanecían cerca del público, ocupaban pasillos y reaccionaban desde las gradas. El estadio y la calle terminaron convertidos en el mismo territorio.
La versión presentada por Manilla Street Productions durante el circuito Fringe, profundizó ese simbolismo mediante secuencias de combate físico. Una reseña describió como un partido se convertía gradualmente en una danza agresiva dominada por impulsos masculinos. La coreografía de Sue-Ellen Shook utilizó contactos, empujones y sendos actos de violencia para representar el deterioro emocional de los personajes.
La iluminación diseñada por Jason Bovaird también cumplió una función narrativa. Los callejones oscuros, pubs saturados y luces frías proyectadas sobre el escenario construyeron una ciudad decadente.
En otra producción dirigida por Lotte Wakeham, el público fue colocado alrededor del escenario como si ocupara un estadio. Esa decisión convirtió cada escena en acto de vigilancia. Los personajes quedan observados desde todos los ángulos mientras intentan sostener relaciones sentimentales, amistades y lealtades políticas. El futbol pasa de ser un simple juego, a un acto político donde una comunidad dividida puede resolver sus diferencias de una forma tantito menos violenta.
