Luis Antonio Godina Herrera
Algunos imaginan a la poesía y al marketing como enemigos irreconciliables. Este, parece que tiene una fecha de caducidad inmediata y trata de temas banales, la otra apunta a la trascendencia, a una forma de ver el mundo no a través de un espejo, sino de un paisaje nublado.
No obstante, algunos poetas han recurrido al marketing como forma de expresión o como una manera de tener ingresos adicionales o sustanciales. Es el caso, por ejemplo de Vladimir Mayakovski, poeta de la Rusia revolucionaria, quien escribió publicidad para anuncios de galletas, cervezas y cigarros.
Asimismo, hay una frontera que creemos firme y que en realidad es porosa: la que separa el lenguaje que vende del lenguaje que conmueve. A lo largo del siglo XX, artistas y poetas se dedicaron a cruzarla en ambas direcciones. El pop art, por ejemplo, fue el episodio más célebre de ese cruce, y su figura central, Andy Warhol, es uno de sus exponentes prístinos.
Warhol trabajó durante los años cincuenta del siglo pasado como ilustrador publicitario de éxito en Nueva York, dibujante de anuncios de zapatos y otros productos comerciales. No llegó al arte desde la pureza, sino desde el comercio. Por eso, cuando en los años sesenta pintó las latas de sopa Campbell, las botellas de Coca-Cola o las cajas de estropajos Brillo, no traicionaba su origen: lo elevaba a la categoría de tema. Tomó la iconografía más baladí del supermercado —la misma que el marketing había diseñado para vender— y la colgó en la pared de una galería. El gesto obligaba a preguntarse dónde termina el envoltorio y dónde empieza la obra. Cuando observamos esa forma del arte muchas cejas se levantan; solo basta recordar la rueda de bicicleta de Marcel Duchamp.
Algo parecido hizo el el poeta Frank O’Hara cuando escribió “Having a Coke with You” (“Tomando una Coca-Cola contigo“)1. En él, la misma bebida que el marketing fabricaba y que Warhol pintaría después, aparece convertida en escena íntima: el poeta confiesa a la persona amada que compartir con ella algo tan trivial como un refresco le resulta más placentero que cualquier viaje, e incluso más hermoso que todos los retratos y estatuas de los museos. La Coca-Cola deja de ser una marca y se vuelve el pretexto de un instante de ternura. Comparto un fragmento del poema:
Es aún más divertido que ir a San Sebastián, Irún, Hendaya, Biarritz, Bayona o estar enfermo hasta la náusea en la Travesera de Gracia en Barcelona.
En parte, porque en tu anaranjada camiseta luces como un mejor y más alegre San Sebastián,
en parte, por mi amor por ti, en parte por tu amor por el yogur
en parte por los fluorescentes tulipanes naranja alrededor de los abedules
en parte por la confidencia que nuestras sonrisas toman ante la gente y lo estatuario. Es difícil de creer que cuando estoy contigo, puede haber algo tan quieto,
La poesía se esconde en diversas partes, hace suyas cuevas inverosímiles. Ese es su encanto y su misterio. Wharhol y O´Hara son un muestra clara de que el arte no conoce fronteras, hace de cualquier manifestación social una forma de expresión. En el caso de la poesía todo lo humano le es propio, el marketing también.
