Luis Antonio Godina Herrera 

 

 

Una cara amiga me hizo llegar un libro que proviene de una de las librerías más bellas del mundo, la Librería Lello en Porto: los 154 sonetos de Wiilliam Shakespeare (2024), traducidos por el enorme poeta portugués Fernando Pessoa. Una verdadera joya. Al leer los sonetos las imágenes de la mujer en la poesía se posesionan de la misma y nos deja versos maravillosos. Por ejemplo, el soneto 70 nos dice: 

Por mucho que te injurien no hay en ti defecto, 

pues blanco de la insidia es siempre la belleza; 

de la hermosura adorno y gala es el recelo, 

un cuervo que revuela en un cielo de pureza. 

 

Y el soneto 14 termina así: 

Si no me haces caso, yo esto te predigo: 

lo auténtico y lo bello se morirán contigo. 

 

El genio de Avon nos dejó un legado en donde la mujer es insumisa y reta al mundo (Julieta y Desdémona son una muestra clara). La mujer ha estado presente siempre en la poesía. Los griegos tenían tres musas relacionadas con ella: Calíope, musa de la poesía heroica; Erato, musa de la poesía lírica y amorosa; y Polimnia, musa de los cantos sagrados y la poesía sacra.  

El espacio de esta columna es insuficiente para desplegar poemas en donde el amor a la mujer (o el desamor) se ilustran y nos dan vida, pero compartiré algunos textos que pueden ayudarnos a vivir la imbricación mujer–poesía, poesía–mujer. 

Pablo Neruda además de sus Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, escribió un texto maravilloso titulado Cien Sonetos de Amor, dedicado a su esposa Matilde Urrutia. De este libro comparto un fragmento del Soneto LXIX: 

Y desde entonces soy porque tú eres, 

y desde entonces eres, soy y somos, 

y por amor seré, serás, seremos. 

 

La mujer y el hombre unidos por la sólida cadena del amor, y el hombre siendo porque la mujer es. En el Soneto V dice: 

y fui como un herido por las calles 

hasta que comprendí que había encontrado, amor, 

mi territorio de besos y volcanes. 

 

De la Antología General de la Poesía Mexicana elaborada por Juan Domingo Argüelles (2012) tomo un poema de Rosario Castellanos, Pasaporte: 

Mujer, pues de palabra. No, de palabra no. 

Pero, sí de palabras, 

muchas, contradictorias, ay, insignificantes, 

sonido puro, vacuo, cernido de arabescos, 

juego de salón, chisme, espuma, olvido. 

 

 Y la sin par Sor Juan Inés de la Cruz nos dejó estas líneas que dibujan el afán de la mujer por ser, por querer y por crecer: 

En perseguirme, mundo, ¿qué interesas? 

¿En qué te ofendo, cuando solo intento 

poner bellezas en mi entendimiento  

y no mi entendimiento en las bellezas? 

Yo no estimo tesoros ni riquezas; 

y así, siempre me causa más contento 

poner riquezas a mi pensamiento 

que no mi pensamiento en las riquezas. 

Y no estimo hermosura que, vencida,  

es despojo civil de las edades, 

ni riqueza sagrada fementida, 

teniendo por mejor, en mis verdades, 

consumir vanidades de la vida 

que consumir la vida en vanidades. 

  

Un manifiesto de dignidad y de soberanía femenina en el siglo XVII. Esa convocatoria a poner riquezas en nuestro entendimiento y en nuestro pensamiento, podría ser universal, pero escrito por Sor Juana es un grito de independencia y libertad de la mujer.  

Para finalizar, incluyo a Jaime Sabines, quien funde a la mujer y al hombre en Yo no lo Sé de Cierto: 

Yo no lo sé de cierto, pero supongo 

que una mujer y un hombre 

algún día se quieren, 

se van quedando solos poco a poco,  

algo en su corazón les dice que están solos… 

 

Pero si un hombre y una mujer, una mujer y hombre se encuentran, nunca estarán solos, se tiene el uno al otro, para amar y ser, como diría Benedetti, “en la calle mucho más que dos”.