LA CAVERNA 

Miguel Campos Quiroz

 

 

Con el paso de los siglos, la historia se ha ido construyendo no solo por el transcurrir del tiempo, sino por la determinación, la inteligencia y el carácter de líderes excepcionales. Acercarse a la grandeza de las mujeres en la historia (sin aberrantes discursos de género ni politizaciones de ningún tipo), y más importante aún en lo que a nosotros concierne, esto es, en la historia del mundo hispánico, es descubrir un legado marcado por la visión de Estado, el sentido práctico y un temple que dejó una marca profunda e indeleble en la formación de la era moderna. Dos figuras representan mejor que ninguna la capacidad de liderazgo, el rigor en la gestión pública y la elegancia política: las reinas Isabel I de Castilla e Isabel de Portugal. 

El primer gran referente de esta línea de gobernantes es Isabel I de Castilla, llamada la católica. Con una personalidad serena pero firme, Isabel asumió el poder en un periodo de gran división para transformar su reino en el pilar fundamental de una potencia destinada a volverse global. Su visión estratégica no solo impulsó los viajes de exploración que ampliaron las fronteras del mundo conocido, sino que además reorganizó las instituciones civiles y el sistema legal de sus territorios. Su habilidad política, su destreza para negociar y su claridad de futuro le permitieron gobernar al nivel de los líderes más influyentes de su época, demostrando que la verdadera autoridad nace de la solidez del carácter y la firmeza en los objetivos. 

Una generación después, su nieta y tocaya, Isabel de Portugal, llevaría la responsabilidad del gobierno a una dimensión internacional e imperial. Como consorte de Carlos V, Isabel no solo fue Emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico, sino una gobernante brillante que asumió la dirección total de la península ibérica y todos los territorios hispanos de ultramar durante los prolongados viajes del Emperador. Lejos de ocupar un papel secundario y ornamental, su gestión destacó por una clara destreza financiera y un profundo compromiso con el desarrollo de los territorios americanos. 

Fue precisamente Isabel de Portugal quien, desde su posición como regente, comprendió la importancia de consolidar las nuevas poblaciones en la Nueva España. Sensible a la necesidad de establecer un punto clave para el comercio y el orden institucional, dictó las instrucciones y firmó la Cédula Real que otorgó el título y estatus de ciudad a la Puebla de los Ángeles en 1532. Aquella decisión geopolítica no solo aseguró la fundación de nuestra ciudad, sino que dejó clara la proyección de su capacidad ejecutiva al otro lado del océano. 

Ambas soberanas están por encima de cualquier discurso politizado que en la actualidad se las quiera apropiar como referentes de empoderamiento femenino, y se las debería dejar fuera de ese debate. Isabel la Católica e Isabel de Portugal influyeron en el curso de la historia desde la alta política, la prudencia administrativa y una moralidad y dignidad intachables, y no desde luchas ideologizadas. Sus vidas son la prueba clara de cómo la inteligencia, la templanza y el talento para el mando pueden transformar no solo a las naciones, sino la trayectoria de la propia civilización.