MERCADOTECNIA AL DÍA
Arturo Méndez
Imagine por un momento que, al despertar mañana, todas las mujeres decidieran tomarse un solo día de descanso.
No habría quien atendiera miles de consultorios, impartiera clases, dirigiera empresas, investigara en laboratorios, administrara negocios, atendiera comercios o coordinara incontables hogares. Tampoco habría millones de madres organizando horarios imposibles, hijas cuidando a sus padres o emprendedoras resolviendo problemas que nadie más había visto.
No sería un caos por falta de capacidad masculina. Sería la evidencia de una verdad que pocas veces reconocemos: gran parte de lo que sostiene nuestra sociedad ocurre con tanta naturalidad que hemos dejado de valorarlo.
En México, aproximadamente 46 de cada 100 mujeres en edad de trabajar participan en la actividad económica, mientras que en los hombres la cifra supera las 75 de cada 100. Esta diferencia no mide talento ni preparación; refleja que muchas mujeres siguen enfrentando mayores responsabilidades de cuidado y condiciones que limitan su participación laboral. Aun así, continúan transformando la economía y la vida cotidiana con una resiliencia admirable. Según el INEGI, además, la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado sigue recayendo en ellas, una contribución indispensable para el funcionamiento del país, aunque pocas veces aparezca en los indicadores económicos.
Quizá el problema nunca ha sido reconocer que las mujeres pueden liderar. El problema ha sido acostumbrarnos tanto a verlo que dejamos de sorprendernos.
Nos parece normal que una mujer coordine una reunión de trabajo, recuerde la cita médica de un familiar, supervise tareas escolares, administre un presupuesto, impulse un proyecto profesional y, todavía, encuentre tiempo para preguntar cómo estuvo el día de quienes ama. Si esa misma capacidad organizativa fuera presentada como un modelo de gestión empresarial, seguramente llenaría auditorios.
Las mujeres no necesitan admiración por cortesía. Necesitan oportunidades en igualdad de condiciones, espacios donde el talento pese más que los prejuicios, y una sociedad que deje de considerar excepcional aquello que debería ser cotidiano: su capacidad para crear, dirigir, innovar y transformar.
Porque el desarrollo de un país no depende únicamente de su economía o de su tecnología. Depende de la posibilidad de que cada persona aporte lo mejor de sí sin obstáculos innecesarios. Cuando el talento femenino encuentra ese espacio, gana la familia, gana la empresa y gana la sociedad entera.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de hablar del “papel de la mujer”. Los papeles cambian con las épocas; el talento permanece.
Y quizá el mayor reconocimiento que podamos hacerles no sea llamarlas extraordinarias, sino construir una sociedad donde ya no resulte extraordinario verlas ocupar cualquier lugar para el que están preparadas.
Porque hay milagros que ocurren todos los días. Lo verdaderamente extraordinario es que todavía los llamemos normales.
Hasta la próxima.
