CINE
Agustín Ortiz
En vida, el poeta y novelista británico Malcolm Lowry (1909-1957) siempre se debatió entre la desgracia y el delirio: hijo rebelde de familia acomodada, nómada incansable, guionista frustrado y borracho impenitente (con afección al mezcal y los delirios del exceso) que, después de años de fracasos y líos de faldas, al morir a la edad de 47 años en su natal Europa el forense no dudó en determinar la causa de su muerte como “por desgracia”, debatiéndose hasta la fecha si fue suicidio, asesinato o un trágico y ridículo accidente.
Pero, sobre todas las cosas, Lowry fue un ESCRITOR.
Así, con mayúsculas.
Porque sobre todas las cosas, las dos obras publicadas en vida (ya posteriormente vendrían las póstumas y esenciales La mordida, Obscuro como la tumba en la que yace mi amigo, Rumbo al Mar Blanco y los relatos reunidos en Escúchanos, Señor, desde el Cielo, Tu morada, libros que constan tanto de un gran talento como de una intensidad en ocasiones demasiado caótica) por el escritor dan constancia de alguien que, mezclando a partes iguales a Joseph Conrad y James Joyce, supo convertirse en un escritor esencial; así, tuvieron que pasar 14 años desde su precoz debut en Ultramarina (1933) para una segunda obra que hoy por hoy dialoga con el Ulises de Joyce a la hora de hablar de la novela como un idioma.
Pero lo que se nos narra en Bajo el Volcán (1947) es el infierno, el extranjero varado en la nada abrazando el delirio como realidad. Así, asistimos al calvario de 3 días del cónsul Geoffrey Firmin con el Día de Muertos como telón de fondo, mientras que entre recuerdos, viajes y burdeles va recorriendo una Cuernavaca fantasmagórica (más cercana a Comala que a la imagen de postal), motorizado por cantidades ingentes de mezcal que se convierten en su Virgilio particular en sus últimos días, donde su penar alcanza las cotas del Fausto de Goethe.
Si, así de buena es.
Y fue el legendario John Huston quien en esa novela encontró una historia que llevar a la gran pantalla en quizá uno de sus mejores trabajo, adaptando a Lowry con mezclas iguales de delirio y Mictlán, convirtiendo algo que se consideraba inadaptable en un clásico de culto, donde el rostro de Albert Finney interpretando a Firmin es uno que contiene multitudes, con una Cuernavaca retratada con maestría y onirismo por el legendario fotógrafo Gabriel Figueroa y leyendas como Katy Jurado, Ignacio López Tarso y Hugo Stiglitz acompañando a su protagonista en una de las expiaciones más tormentosas que ha retratado el séptimo arte.
Brindemos.
Y que México nos ampare.
