CINE
Agustín Ortiz
Es 1681 y en Cremona, Italia, un hábil artesano de nombre Nicolo fabrica un violín. El artesano nunca sospecharía que dicho objeto se convertirá en un legado que sobrevivirá hasta el siglo XX, siendo portador de una trágica y oculta historia: una de dolor, pero también del genio y la sublimación a través del arte.
Dentro del boom de cine independiente de mediados de los años 90, El Violín Rojo (1998) es una cinta que ha quedado injustamente en el olvido. Dirigida por François Girard y ganadora del Óscar a Mejor Banda Sonora (esa gitana partitura a cargo de John Corigliano), el film nos narra la historia del violín del título en distintas épocas y continentes, ya sea a través de la magia (con el tarot como conector), la creación y la permanencia, pero también mediante la musicalidad del tiempo: esa magnífica banda sonora a cargo del violinista Joshua Bell convirtiéndose en un personaje más, uno que mientras se van acortando los tiempos entre época y época va adquiriendo un matiz musical en su narrativa, al asemejarse a los cambios de movimiento en un concierto de violín, sirviendo como una especie de eco sónico entre historia e historia.
Decir que la cintra trata meramente del violín (mismo que está basado en el legendario Mendelssohn rojo creado por Antonio Stradivari en 1720) es hacerle un flaco favor a esta obra maestra. Y es que el mítico instrumento en cuestión no es sino un MacGuffin que sirve para narrar una historia sobre eventualidad y destinos, donde la idea del legado y su trascendencia -en la forma de un instrumento musical- se traduce en una permanencia.
Porque hay objetos creados para el consumo y hay los creados por amor, artesanalmente y con cuidado, que se convierten en un testimonio tangible sobre sus creadores: sean una población, un hombre o una civilización.
Existen piezas que se convierten en parte de un todo, que conociéndose narran vidas.
Y sobreviven… a través de la música del tiempo.
