Luis Antonio Godina Herrera
Desde siempre, el ser humano se asombra ante el mundo que lo rodea. El cielo estrellado, las olas después de la tormenta, el nacimiento de una criatura o la muerte de un ser querido han despertado preguntas que nos acompañan. ¿De dónde venimos? ¿Por qué suceden las cosas? ¿Qué fuerzas gobiernan la naturaleza? Estas interrogantes revelan una necesidad humana: comprender lo que acontece y encontrar sentido a nuestra presencia en el mundo.
Aristóteles observó que los seres humanos comenzaron a filosofar movidos por el asombro. Sin embargo, antes de la argumentación racional, el mito ofrecía formas simbólicas de interpretar los misterios de la existencia. Reconoció cierta afinidad entre quien ama los mitos y quien busca la sabiduría, pues ambos se maravillan ante lo desconocido. El surgimiento de héroes reales o imaginarios dieron pie a la leyenda como forma de explicar lo inexplicable.
Imaginemos, por ejemplo, a los antepasados contemplando una tormenta. Los relámpagos iluminan el cielo y los truenos estremecen la tierra. Aquello debió provocar inquietud, temor y preguntas. Hoy podemos explicar científicamente estos fenómenos, pero el conocimiento no cancela nuestra imaginación, sensibilidad ni capacidad para crear símbolos. Para aquellas comunidades, el trueno podía convertirse en la voz de un dios; el relámpago, en manifestación de su poder. Lo percibido adquiría así la forma de un relato. Thor y Tláloc surgen de esas manifestaciones de la naturaleza. Pero incluso en nuestros días, la fuerza de un huracán que arrasa ciudades o de un sismo, nos hace pensar que la tecnología se queda corta para entender por qué pasan esos fenómenos. Muchas veces clamamos al cielo su perdón.
El mito y la leyenda nacen de esa relación entre asombro, experiencia e interpretación simbólica. No debemos, sin embargo, reducirlo a una explicación primitiva de los fenómenos naturales. También expresa temores, deseos, esperanzas y conflictos humanos. Mediante sus relatos, los pueblos han buscado comprender el origen de la vida, las pasiones, el destino y esa gran incógnita que nos acompaña: la muerte.
La leyenda comparte con el mito la capacidad de transformar la experiencia vivida en imágenes significativas. Cuando el lenguaje cotidiano parece insuficiente, la misma leyenda abre otras posibilidades de comprensión.
Homero y Hesíodo muestran en sus obras que narración mítica y la propia leyenda están unidas. Los dioses, las pasiones humanas y las fuerzas de la naturaleza cobran vida en la palabra. La Ilíada, La Odisea, la guerra de Troya, lindan entre la historia, el mito y la leyenda.
Aunque la ciencia ofrezca innumerables respuestas sobre la naturaleza y la vida, permanecen preguntas que no se agotan en explicaciones. No se trata de enfrentar la ciencia con el mito y la leyenda sino, de reconocer que cada una responde, con sus recursos, a distintas inquietudes humanas. La inteligencia artificial no entiende de mitos, no sabe de leyendas. La inteligencia humana se desarrolló y creó a partir de ellos.
El asombro nos abre al misterio de nuestra existencia; el mito intenta comprenderlo mediante el relato, y la leyenda nos devuelve a la experiencia de sentirnos parte del mundo. Porque no solamente conocemos “científicamente” el mundo que habitamos: también lo soñamos, lo imaginamos, lo dibujamos y lo sentimos.
