EDUCARSE ILUSTRA 

Éricka E. Méndez Ortega

 

 

En el corazón de cada leyenda,  

late la verdad oculta  

de nuestra existencia 

anónimo 

 

México es uno de los países que atesora, en su haber histórico, un sinfín de mitos y leyendas que contribuyen en mucho a la riqueza de su patrimonio cultural intangible. Riqueza por la que ha sido reconocido a nivel mundial y por la que muchos extranjeros acuden, año con año, a visitar y disfrutar de las tradiciones mexicanas. Podríamos escribir todo un compendio de los mitos y leyendas mexicanas, sin embargo, para este cometido, sólo nos acordaremos de algunos. Citemos, por ejemplo, la tradición más importante de México: el día de muertos, que se celebra el 2 de noviembre a partir del mito de que los muertos regresan a visitar a sus familiares vivos, razón por la cual se colocan ofrendas en las casas para regocijar a las visitas del más allá. Estados como Michoacán, Hidalgo, Veracruz, San Luis Potosí, Puebla y Oaxaca son estados en los que el mole, el pan de muerto, el atole, los dulces, las tortillas, el copal, la flor de cempoalxóchitl (no cempasúchil) y demás adornos conforman el sincretismo entre vivos y muertos que sólo los mexicanos comprendemos. 

Y siguiendo con la muerte y la vida, nos acordamos también de la leyenda del Popocatépetl, cerro o montaña de humo, y el Iztaccíhuatl, mujer de sal (más no mujer dormida) en lengua náhuatl, aquella que nos cuenta la historia de dos seres enamorados que ante una mentira acerca de que el valiente Popocatépetl había fallecido en la guerra, Iztaccíchuatl muere de tristeza. Al regresar vivo el fiel enamorado, toma en sus brazos a su amada y se convierten en volcanes con la certeza de no separase jamás, perdurando su amor por una eternidad. 

El mito de la creación del Sol y la Luna de la cultura mexica explica, bellamente, el significado del sacrificio y la avaricia y las consecuencias que conlleva su práctica. Al no haber nada que diera luz en el universo, los grandes señores le piden a Nanahuatzin y a Tecuzitécatl que se arrojen al fuego para convertirse en el Sol, pero antes debían hacer una ofrenda. Cada uno de los dioses escogidos para ser los astros del mundo debía preparar una ofrenda, la cual fue presentada según las posibilidades y naturaleza de cada uno. Tecuzitécatl ofreció suntuosas plumas del ave quetzal, algunas pelotas de oro macizo, joyas exquisitas y copal. Por su parte, Nanahuatzin sólo pudo ofrendar cañas frescas, madejas de heno y espinas de maguey bañadas en su sangre. Cuando llegó la hora de arrojarse al fuego Tecuzitécatl dudó por miedo y Nanahuatzin con todo su valor se arrojó sin pensarlo convirtiéndose él en el poderoso Sol y Tecuzitécatl en la Luna. 

Los mitos y leyendas tratan de explicar el mundo, la vida, la muerte, lo incomprensible del ser humano de una forma literariamente maravillosa. Algunas tienen referencias comprobables, otras no; lo cierto es que forman parte del proceso de enseñanza aprendizaje de un pueblo, y es preciso seguir contándolas para que no se pierdan. La escuela es el lugar indicado para poder rescatar estas tradiciones. Leyendo, platicando, actuando estos mitos y leyendas en proyectos educativos funcionales.