MINUCIAS DEL IDIOMA
Miguel Campos Ramos
Se dice que los mexicanos somos barrocos por naturaleza, y con este calificativo queremos decir que nos adornamos mucho. Muestra de ello es la arquitectura, y, se dice, el manejo del idioma. Pero en este último aspecto, lo cierto es que no hay que confundir “barroquismo” con “palabras innecesarias”.
Expliquémoslo.
Adornar con expresiones originales una idea no es de ninguna manera malo. Pongamos un ejemplo. La frase popular “A quien madruga Dios le ayuda”, que es simple y directa, se puede decir con adornos: “A toda persona que se levanta con el alba, el Ser Supremo le allana el difícil sendero del día.” Y todavía más adornada: “A todo ser humano que al primer rayo del alba abandona el lecho de Morfeo, el Todopoderoso le otorga dones para que enfrente y supere sin dificultades los retos de la jornada.”
Esto es barroquismo. Acaso sólo pasado de moda, pero que sin duda hace más lírica y creativa una idea. Ninguna de las palabras sobra porque su propósito es adornar la frase.
Las “palabras innecesarias”, en cambio, son otra cosa. “Muletillas”, se les llama en lingüística, porque sirven de apoyo a quien no tiene gran capacidad para hablar con precisión, pero resultan francamente prescindibles y sólo exhiben algunos defectos o debilidades de quien las utiliza. Delatan carencia de claridad del pensamiento y por tanto incapacidad de exponer o responder algo directamente. He aquí este diálogo de muestra:
“¿Por qué reprobaste?”
MAL: “Lo que pasa es que no estudié.”
BIEN: “Porque no estudié.”
También, se demuestra ignorancia, como en este diálogo digno de una entrevista radiofónica:
“Diputado, ¿a qué atribuye la fortuna de fulano?”
MAL: “De alguna manera se enriqueció siendo funcionario público” (obviamente; tuvo que hacerlo “de alguna manera”).
BIEN: “Robó dinero del erario.”
En otras ocasiones se denota inseguridad a expresar respuestas concretas, como en el siguiente diálogo periodístico:
“Diputado, ¿es ético que un legislador gane sueldos tan altos?”
MAL: “Bueno, verá usted, yo le diría, ¿verdad?, que…”
BIEN: “Lo es.” O: “No lo es.”
Aquí, de paso, el entrevistado obliga al periodista (quien sin duda preguntó mal; recuérdese que, en periodismo, sobre todo por radio o televisión, nunca se debe hacer una pregunta cuya respuesta sea “sí” o “no”) a pensar en su siguiente planteamiento, y a él le da tiempo de reflexionar y adueñarse de la situación.
También los reporteros suelen incurrir en este defecto, como en la siguiente información:
MAL: “La esquina en lo que es la 3 Poniente y la 3 Sur.”
BIEN: “La esquina de 3 Poniente y 3 Sur.”
Es recomendable, en fin, evitar las palabras que son innecesarias. Frases como “De hecho…”, “Lo que pasa es que…”, etc., son perfectamente evitables.
Quizás donde tengan cabida sea en los textos literarios, y eso generalmente para reflejar el modo de hablar de algún personaje, o a veces del “narrador”. Pero en sí el escritor debe prescindir de ellas. Y ni se diga de los textos de ideas, es decir, los ensayos, o los textos periodísticos, caracterizados por su precisión y por ser directos.
