SENA 

Laurence Le Bouhellec  

 

Imposible sondear nuestro imaginario sin encontrar en varios de sus archivos estructurales documentos etiquetados como “mitos” o “leyendas”. Si el primero de los dos términos, por su etimología (muthos) remite al ámbito cultural griego antiguo, el segundo refiere a la tradición latina y su raíz, legenda, deriva a su vez del verbo legere (leer). Por ende, la leyenda remite a la tradición de la transmisión del conocimiento por medio de un documento escrito, de ahí que literalmente significa: lo que debe ser leído. Tal como lo señalan varias fuentes, todo indica que, en un principio, haya quedado asociada a la hagiografía el compendio de la vida de santos y martirios de la cristiandad, que solía leerse en voz alta a la hora de las comidas en los monasterios del viejo continente durante la época medieval. Legenda sanctorum [Leyenda de los santos] es, precisamente, un documento redactado por el dominico italiano Jacopo della Voragine (¿1230? – 1298), a cuyo éxito se debe su posterior cambio de nombre a Legenda aurea [Leyenda dorada] en el siglo XV, nombre que ha conservado hasta la fecha. Escrito en latín, reúne ciento cincuenta y tres biografías de santos, documentando milagros y sucesos edificantes de sus respectivas vidas.  

Por su parte, el mito remite a un tipo de discurso flexible asociado de manera privilegiada con la tradición oral y especializado en el discernimiento del origen. Al respecto, paradigmáticos son los conjuntos de relatos conocidos como mitos de creación del mundo o cosmogonías. En concreto, el mito cosmogónico no sólo explica cómo se inició todo sino también por qué existen el ser humano y los demás entes que pueblan este mundo y por qué son como son.  De manera general, después de compararlos, parece que los mitos siempre repiten la misma historia, la del génesis, ya que su principal objetivo es, precisamente, poder explicar el porqué y el cómo del mundo presente. Y aun cuando, en la Grecia antigua, se ha venido estructurando logos que consagra el paso definitivo a la tradición escrita y, por ende, el agotamiento de la tradición oral, philosophia no se desarrolla sin recurrir una y otra vez a muthos. Todo el corpus de diálogos platónicos lo evidencia, con la presencia del mito de la caverna en el Libro VII de La República, o los mitos del andrógino y del nacimiento de Eros en El Banquete, por ejemplo. Dicho en otros términos, la reflexión socrática no puede despegar verdaderamente sin tener que recurrir a la narrativa consignada por el mito, ya que solamente ella recoge el pensamiento sobre el origen, necesario arraigo dinámico de cualquier discurso filosófico.  

Siglos después, el valor aurático del mito asociado con su irreductible conexión con el origen, hizo que fuera solicitado para servir intereses muy diferentes. Una vez sacado de su contexto inicial, el mito ha sido utilizado para alimentar fines ideológicos y políticos, sobre todo fascistas. Sucedió especialmente con el nacionalsocialismo que gobernó Alemania entre 1933 y 1945 bajo el liderazgo de Adolf Hitler. Viejas leyendas germánicas reinterpretadas por el compositor y músico Richard Wagner, imaginería kitsch campesina o residuos de Volkslied (canción popular) sirvieron entre muchos más elementos cuidadosamente seleccionados para construir un determinado tipo de identidad ideal que permitiera sentar las bases de la supuesta superioridad de la “raza aria” y su consecuente derecho a la conquista de su Lebensraum (espacio vital). Y aun desviado de su protagonismo de origen, aquel mito de factura completamente artificial, el mito nazi, pudo dirigir y justificar los pensamientos y acciones de millones de personas durante más de una década que sacudió a toda Europa y dejó a lo largo de toda su ruta millones de muertos y desaparecidos. Sorprendentemente, resulto que, en este caso, es logos el que perdió credibilidad y muthos el que agarró mayor fuerza por llegar a confundirse con la palabra auténtica del origen y lo propio. 

Sin embargo, de cara a ciertas características que han marcado el primer cuarto del siglo XXI, parece ser que la debacle de logos apenas iniciaba con la verosimilitud alcanzada por el discurso nacionalsocialista. Ahora, en un mundo dominado por la comunicación ideada por un número cada vez mayor de influencers, resulta sumamente preocupante la seducción ejercida sobre un alto porcentaje de la población por sus discursos que, a pesar de carecer a menudo del menor de los fundamentos objetivos, cumplen con su cometido: generar credibilidad inmediata e impulsar determinados tipos de comportamientos y prácticas sin activar antes ninguna valoración crítica de lo solicitado. En el antiguo mundo encantado de mitos y leyendas, legenda pedía lectura y comprensión de los textos leídos; por su parte, muthos exigía la confrontación sistemática de su contenido con la realidad vivida día a día; en nuestro mundo contemporáneo, ya desencantado, es el Proyecto Panamá que marca el camino.