GASTRONOMÍA

Daniel Parra Céspedes 

 

 

En México tenemos una relación muy particular con la comida: la utilizamos para celebrar, enamorar, reconciliarnos, recordar y, llegado el momento, hasta para recibir a quienes se nos adelantaron y regresan para compartir con los que continuamos en este plano. Basta observar una ofrenda de Día de Muertos para descubrir que aquí la memoria también se sirve en platos y que, cuando se trata de honrar a nuestros difuntos, la hospitalidad no conoce fronteras, ni siquiera las que separan la vida de la muerte. 

Pan de muerto, mole, arroz, tamales, frutas, dulces, calaveritas, cigarros, hojaldras y bebidas forman parte de un menú muy especial, cuyos invitados no necesitan confirmar su asistencia. Cada alimento tiene su historia, su significado y, en ocasiones, una leyenda que ha sobrevivido durante generaciones. Porque la gastronomía no solo se cocina: también se cuenta, se hereda y, algunas veces, se acompaña con una buena dosis de fe. 

La ofrenda de Día de Muertos es mucho más que un conjunto de objetos colocados sobre una mesa. Es una expresión cultural en la que conviven recuerdos familiares, creencias, aromas, colores y sabores. Aunque sus elementos varían según la región y las costumbres de cada familia, los alimentos suelen ocupar un lugar protagónico, porque los mexicanos nos tomamos muy enserio eso de llenar la panza.  

La comida forma parte de nuestra identidad y de la manera en que expresamos afecto. Recordamos a nuestros seres queridos a través de sus platillos favoritos, de las recetas que preparaban y de aquellos sabores que nos transportan a momentos compartidos en familia. 

La ofrenda también representa un acto de hospitalidad. Preparamos un espacio, elegimos los alimentos y disponemos cada elemento con el que deseamos honrar a quienes recordamos. En muchas tradiciones mexicanas, se cree que los difuntos regresan para reencontrarse con aquello que les gustaba en vida; por eso, procuramos que no falte nada de lo que acostumbrábamos a compartir con ellos. 

Y es que, si algo caracteriza a nuestra cultura, es la disposición para ofrecer comida a las visitas. En México, recibir a alguien sin ofrecerle al menos un café y un pancito puede considerarse una falta de cortesía. Así que, tratándose de invitados tan especiales, no es extraño que la mesa tenga un lugar privilegiado. 

Por eso, la gastronomía ocupa un lugar tan importante en el Día de Muertos: los aromas y sabores tienen una capacidad extraordinaria para evocar a nuestros seres queridos y transportarnos a lugares y momentos que no queremos olvidar. 

 

 

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