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A tiempo

*Fotografía de www.centenario.com.mx 

 

 

Eduardo Pineda 

Museos

 

 

“Hay algo que siempre me interesó
y aún me aterró desde que yo era niño,
como ya lo sabe quien
haya hojeado mis libros:
el problema del tiempo,
la perplejidad del tiempo,
el infinito remolino del tiempo”. 

Jorge Luis Borges 

 

A Jorge Luis Borges, igual que a muchos filósofos, teólogos, pensadores y científicos, el concepto del tiempo les ha dejado perplejos desde el inicio de la humanidad racional y consciente. El ser humano pregunta y responde, desde su propia trinchera, y bajo los velos de su cultura se aproxima a esbozar una explicación. Así, han nacido diversos conceptos: el amor, Dios, la felicidad, el bien, el mal, el tiempo… 

Había que buscar una forma de referirse al pasado y calcular un futuro cercano, era menester darle nombre a esa colección de instantes que anteceden al presente y a los momentos que aún no se viven y situarnos en un punto de inflexión siempre efímero, dramática y constantemente pasajero, el presente.  

Tiempo fue un buen nombre, y clasificarlo y medirlo una tarea complicadísima. 

Después de muchos intentos, el ciclo circadiano de luz y obscuridad fue lo más acertado para medir el tiempo, “un día igual a un giro completo de la Tierra”, y, a partir de ahí, la hora, el minuto y el segundo. Una vuelta de la Tierra al Sol igual a un año y, a partir de ahí, el mes, la semana, el lustro, la década y el siglo. 

Ahora había que inventar un instrumento para medirlo y tenerlo presente, el reloj de arena, el reloj de sol, el reloj magnético, el de cuerda y el de aquel enigmático y quirúrgicamente mecanismo sincronizado de engranes para mover el segundero, el minutero y la manecilla gruesa y corta para marcar las horas en una vuelta completa a un círculo dividido en 12 partes iguales: el reloj de pared, de péndulo y de pulso. 

Los relojes se volvieron parte central de nuestra vida, los vemos en las fachadas de edificios públicos, en torres, en iglesias, en nuestros bolsillos, en la muñeca de un brazo, en las paredes de la casa y en los centros de trabajo. Los relojes se convirtieron en ornamentos, símbolos de opulencia, en juguetes musicales y en objetos emblemáticos de países como Suiza, donde se admiran por su precisión, o ciudades como Zacatlán, donde se aprecian por su belleza.  

Y ahí, precisamente en Zacatlán, Puebla, un recinto ha sido dedicado a este instrumento tan humano como el libro o el bolígrafo. El museo del reloj exhibe una vasta colección que exalta la variedad y buen gusto de los fabricantes tradicionales de la ciudad de las manzanas. La familia Olvera llegó hace más de cien años a Zacatlán y trajo consigo el oficio de la relojería, tanto en la fabricación como en la reparación; hicieron el monumental reloj floral del zócalo y un sinnúmero de relojes más que hoy lucen en toda la ciudad, cobijados por los techumbres de tejas y las fachadas enmohecidas por el tiempo que con magistral exactitud ellos mismos han marcado segundo a segundo. 

En el número 3 de la calle Nigromante, Centro, Col. Sta. Julia, de Zacatlán, Puebla, nos aguardan pacientemente los relojes de Alberto Olvera Hernández, para contemplarlos, disfrutar de su historia y aprender de su mecanismo, que toma el grado de ciencia y técnica celosamente guardada por la familia hasta nuestros días. 

 

 

 

mail: eptribuna@gmail.com 

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