MINUCIAS DEL IDIOMA
Miguel Campos Ramos
Las leyendas y la literatura han dejado frases que hoy son parte de los diversos idiomas.
Tal es el caso de la famosa frase “arde Troya”, con sus variantes “ardió Troya” o “arderá Troya”, dependiendo de los tiempos. Se usa para calificar un hecho truculento donde hay desorden, heridos y a veces fallecidos. Su antecedente es la obra de Homero “La ilíada”. En ella se narra que, tras diez años de sitio a la ciudad de Troya por los griegos, éstos fingen rendirse y retirarse, para lo cual construyen un enorme caballo con la madera de sus bajeles, y se lo dejan a los troyanos frente a su puerta principal. Éstos, al suponer que los griegos se han ido, piensan que ya se rindieron, y meten el caballo. Lo que no saben es que dentro están escondidos los mejores soldados griegos, quienes, en la noche, mientras los troyanos se embriagan para festejar y luego duermen, salen del caballo y queman Troya, además de asesinar a casi todos los habitantes. (Nota: la historia en detalle de este hecho no está narrada en “La ilíada”, como muchos creen, sin en una obra que escribió varios siglos después el poeta latino Virgilio, “La eneida”, en honor a un héroe troyano de nombre Eneas, quien se salva de aquella quemazón y huye con algunos guerreros sobrevivientes, con los cuales llega a las costas de lo que hoy es Italia, gracias a lo cual por cierto se le considera el padre de Roma.)
Toda proporción guardada, mientras esta frase se deriva de un poema homérico, nosotros tenemos otra: “Acabó como el rosario de Amozoc”, que se deriva de un hecho al parecer sucedido durante la Colonia y recogido después como leyenda, sobre todo de la mano del gran cronista mexicano Artemio del Valle-Arizpe.}
Según esa leyenda, dos bandos de artesanos amozoquenses, plateros en esencia, peleaban por ser los que realizaran la fiesta en honor a la virgen de la Asunción. Peleaban y discutían con encono por tener el privilegio de lucirse. Pero el cura los calmó y les dijo que ambos cooperaran, y que todo se efectuara en paz.
Mas he aquí que el líder de uno de los bandos era un tipo algo rijoso y borracho, y tenía una novia llamada Catalina, apodada “La Culata”.
La procesión se realizó, y cuando llegaron al rosario, se oían los cantos de la letanía: “Kyrie eleison”, “Ora pro nobis”… Y todo iba bien, hasta que se oyó “Mater inmaculata”, y el borrachín rijoso oyó clarito que decían “Maten a la Culata”. Entonces desató el infierno, o al menos el infiernito, y aquella procesión acabó “como el rosario de Amozoc”, al grado de que, al alcalde, incapaz de contener la furia masiva, tuvo que pedir ayuda a la fuerza pública.
Ahora tal frase se usa para calificar un hecho banal que por algún motivo deriva en una trifulca, lamentablemente a veces también con heridos y hasta muertos.
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