SENA 

Laurence Le Bouhellec 

 

 

La simbólica universal de agua nos ha llegado por medio de numerosos mitos y leyendas que unen las civilizaciones en el tiempo y el espacio, más allá de sus inevitables diferencias socioculturales. Quizá porque el agua no es solamente un símbolo, sino que entretiene un lazo vital con la naturaleza. En su mayoría, los mitos cosmogónicos la suelen colocar al inicio del surgimiento de nuestro universo, y se considera que, de ella, nacen todas las formas de vida esparcidas por la Tierra. Con la misma pertinencia, la simbólica del agua la relaciona tanto con la fuente sagrada, el mar o el río. Bajo la forma de un río mítico suele quedar asociada con la transición hacia el más allá. Por ejemplo, cruzar las aguas del río Estigia significaba, en la mitología griega, pasar del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Durante el viaje último, la corriente, imprevisible, se tornaba a menudo peligrosa, recordando al viajero sus propias incertidumbres frente a la muerte y el Más Allá. De ahí la necesidad de llevar a cabo determinados ritos para asegurar la tranquilidad de las aguas y, por ende, el éxito del recorrido. Pero si el agua queda asociada con la muerte, lo es igualmente con la regeneración, la purificación y la vida. Numerosas son las religiones que, todavía en la actualidad, afirman y reafirman continuamente aquel vínculo de profunda resonancia en la espiritualidad humana, por medio de tipos específicos de celebraciones.  

En la antigua Mesopotamia, los dignatarios políticos de Asiria o Babilonia eran considerados jardineros de los dioses y se distinguían por construir amplios jardines, símbolos de abundancia y fertilidad, e indicadores de la perfección de su poder terrenal. Aquellos jardines destinados a la relajación espiritual se solían desarrollar en las afueras de las ciudades. Espacios cerrados, protegidos de los animales y del mundo exterior, eran un pequeño mundo de ensueño en medio del calor y la aridez del desierto, combinando el extraordinario saber-hacer de ingenieros hidráulicos y agrónomos para su perfecta realización y mantenimiento. No pocos viajeros occidentales que los lograron conocer o mencionar, quedaron deslumbrados con su existencia. Es el caso, por ejemplo, del historiador griego Jenofonte (431-454 a.C.), quien los cita en sus escritos, considerándolos un verdadero paraíso en la tierra. No ha de sorprender, entonces, si una tradición erudita del siglo XVII sitúa el jardín del Edén en Mesopotamia. Sin embargo, lo más probable es que Edén no sea un lugar como tal sino más bien un topos del imaginario.  

Por primera vez, en 1997, a un jardín le fue otorgado un valor patrimonial mundial. Se trata del jardín botánico de Padua en Italia, cuya principal característica fue haber conservado su traza circular original, símbolo del mundo. Rodeado por un anillo de agua, fue fundado en el siglo XVI con propósitos de investigación científica. Posteriormente, muchos otros jardines han integrado la lista del Patrimonio de la Humanidad, destacando el conjunto de nueve jardines persas distinguidos en 2011 por “su valor universal excepcional”. Para abastecer de agua los jardines, los antiguos iranís idearon el qanât, un tipo de túnel subterráneo cavado por debajo de la capa freática. Al qanât se conectan pozos, que permiten que el agua pueda llegar a la superficie para facilitar el riego. Desde el siglo VI a. C. aquellos jardines o baghs fueron diseñados con base en un modelo cuadripartito conocido como chahar-bagh, que significa cuatro jardines. De facto, son los canales de riego que dividen el jardín en cuatro partes, haciendo referencia también a los cuatro elementos, nodos fundamentales del pensamiento zoroástrico: el cielo, la tierra, el agua y el mundo vegetal. Su influencia en la jardinería paisajística se dio a la par de la posterior extensión del islam en el mundo: en su extremo oriental, hasta la India; en su extremo occidental: hasta la península ibérica. 

En resumidas cuentas, es a la antigua cultura persa que debemos nuestra actual noción del paraíso. En pahlavi, el arte del jardín se entiende como pardis. Y es el ya mencionado historiador griego Jenofonte quien llegará a transformar el término en paradeisos, helenizándolo y propulsándolo al mismo tiempo a la fama universal: cuando el latín de la cristiandad lo reformula posteriormente como paradisus, queda ya consagrada su relación con un lugar de eterna felicidad, anclado en el imaginario religioso de millones de persones hoy en día. Existe, por lo tanto, en relación con nuestra aprehensión del agua una dimensión simbólica paradigmática que le permite ocupar un lugar absolutamente excepcional entre los demás elementos.