LIBROS 

Miguel Campos Ramos 

 

 

Dijo el escritor norteamericano William Faulkner que una de las virtudes de una buena novela es que conmueva al lector.  

Para lograr tal, el autor debe ser dueño de un gran conocimiento de las emociones humanas, y de una gran sensibilidad. 

Pues bien, estas dos cualidades las poseía en alto grado Miguel de Cervantes Saavedra, autor de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. 

A propósito del tema que nos ocupa en este número de “Sibarita la revista”, es preciso leer o releer esta magna obra y descubrir las tesis que Cervantes puso en boca de su personaje respecto al amor, sobre todo en estos tiempos de desamor. 

Hay muchas, pero basten dos como botones de muestra. 

La primera: el amor que don Quijote le tuvo a una mujer inexistente, Dulcinea del Toboso, imaginada por el caballero manchego a partir de una mujer real llamada Aldonsa Lorenzo, quien era su vecina y se dedicaba a la crianza de cerdos. 

Don Quijote idealiza de tal forma a Dulcinea, que este nombre se volvió sinónimo de un amor imposible, dado que la susodicha es ficticia. Quizás por eso en algún momento don Quijote sentencia. “Hase de hacer con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y no tocarlas.” Y no porque la mujer ideal, casi perfecta, no se deba tocar por respeto, sino que justamente don Quijote antepone el respeto como una muestra de amor, del amor simple, carnal y humano. 

El otro botón ocurre cuando muere un pastor de nombre Crisóstomo, prendado de una chica pudiente llamada Marcela que se disfraza de pastora porque le gustaba la vida silvestre y quiso distraerse de su rutinaria vida. Cuando el tal Crisóstomo la ve se enamora de tal forma de ella que, al ser rechazado, acaba muriendo. Como consecuencia, los amigos de Crisóstomo la culpan de su muerte. Y ¿por qué la culpan? Por ser tan hermosa, como si la hermosura fuera un pecado o, peor, un delito. 

Don Quijote tiene que intervenir cuando ella aparece mientras ellos lloran por su amigo muerto. La quieren linchar. Pero él los frena, lanza en ristre, amenazándolos con enfrentar la fuerza de su brazo si le hacen algo. Y así, ella dice un discurso de descargo que todos los varones bien nacidos deberíamos de leer y entender: en síntesis, que no se debe obligar a ninguna mujer a quererlo a uno, y menos culparla por no querernos. 

Gran novela, llena de sabiduría. Ahí está, aguardando su lectura, y recomendada efusivamente desde este espacio.  

 

 

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