Eduardo Pineda
En las grandes ciudades, en el bien entrado siglo XXI y la innegable posmodernidad, el agua sólo puede ser entendida como un elemento químico, el objeto de búsqueda interplanetario por excelencia, el fluido principal de los organismos vivos, un producto embotellado que se vende en las tiendas y sirve para preparar una multiplicidad de bebidas, el líquido que fluye por la vasta red de tuberías de las viviendas, un diluyente o catalizador necesario en la manufactura de cualquier cantidad de objetos, aquello que cae de las nubes cuando llueve, eso cuyo ciclo hay que aprender en la primaria o simplemente aquello que sale por la llave del lavabo y la regadera.
¡Por demás estrecha se ha vuelto nuestra visión y entendimiento del agua! Y es normal que se estreche así en una sociedad que acostumbra a cosificarlo todo, envasarlo todo, venderlo todo y preguntarse nada.
Sin embargo, no siempre fue así. En la Grecia antigua, para el pensador Tales de la ciudad de Mileto, el agua constituía el arjé, es decir el origen del todo, una forma de deidad de la que todo provenía y a la que todo volvía. Los filósofos que sucedieron a Tales incluyeron al agua en los cuatro elementos base de la realidad, junto con el fuego, el aire y la tierra.
Para los habitantes del territorio que hoy pertenece a México y Centroamérica, el agua tenía también un lugar sagrado; así, el fuego se situaba en el tlalxico (en el ombligo de la tierra), lo que prefiguraba su carácter axial, mientras que el agua estaba disuelta en lo que se entendía como un vientre materno.
En la cosmovisión andina, el agua (Yaku o Uma) no es un recurso inerte, sino un ser vivo, sagrado y femenino (Mama yaku) que representa la sangre de la tierra (Pachamama), fundamental para la vida, la agricultura y la conexión entre el mundo terrenal (Kay pacha), el de arriba (Hanan pacha) y el de abajo (Uku pacha). El agua, para los pueblos originarios de Sudamérica aún es considerada un miembro de la familia que requiere reciprocidad (Ayni), cuidado y respeto, conectando a la humanidad con las deidades.
En la cosmovisión druida y celta, el agua era considerada una fuerza sagrada, viva y purificadora, actuando como puente entre el mundo físico y el espiritual (el Otherworld). Manantiales, ríos y lagos eran portales divinos, venerados como lugares de sanación, oráculos y morada de deidades femeninas.
En la cosmovisión budista, el agua es un elemento fundamental que simboliza la purificación, la fluidez, la vida y la interconexión con la naturaleza. Representa la cohesión y el cambio constante (lo mismo fue en su momento para Heráclito de Grecia, que dejó dicho: “todo cambia, nadie puede bañarse dos veces en las mismas aguas del mismo río”), actuando como un medio de limpieza espiritual y física; además, en las tradiciones dhármicas el agua, su movimiento y sonido, es objeto de meditación y vía de acceso a la calma mental.
Para una infinidad de artistas el agua ha sido fuente de inspiración, de misterio, de alabanza, de belleza y de expresión. “Nenúfares” de Claude Monet, “El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli, “La tormenta en el mar de Galilea” de Rembrandt o “La noche estrellada sobre el Ródano” de Vincent van Gogh, son ejemplos hermosos de la presencia del agua en la pintura. Alfonsina Storni y Ralph Waldo Emerson poetizaron acerca del agua, y Chauncey Ives la esculpió en mármol sobre el cuerpo de piedra de Ondina en1880.
Tal vez, después del Sol, el agua es aquello que los seres humanos amaban más, respetaban más y despreciaban menos (así, en pretérito imperfecto los tres verbos). Tal vez, así como declaró Nietzsche algún día “Dios ha muerto”, algún pensador ya debió sentenciar “el agua ha muerto”, el agua sagrada, el agua inspiradora, el agua del vientre de Pachamama, el agua de la sangre de la tierra, el agua que canta y calma la mente, el agua que brota del corazón de la montaña, el agua que limpia no sólo el cuerpo sino el alma, el agua que es principio y fin de todo, el agua arjé, el agua que es mucho más que H2O, el agua que no se envasa y no se vende, esa agua ha muerto.
