LA CAVERNA 

MIGUEL CAMPOS QUIROZ 

 

 

Un hecho innegable de nuestra realidad contemporánea es que el llamado wokismo lo ha trastocado todo. Prácticamente todos los aspectos de la vida social y cultural actual han caído bajo el dominio y la vigilancia de los discursos progresistas que, poniendo en entredicho la tradición, han logrado socavar muchos de los cimientos culturales que fundamentan a nuestra civilización y que hasta hace unos pocos años la dotaban de sentido. El ámbito del amor no es la excepción. 

El amor, ese concepto tan difuso y tan indefinible, que, no obstante, es un lenguaje entendido por todos, y comprendido por todos quienes lo han sentido, ha pasado a convertirse en esta tercera década del siglo XXI en un campo de disputas ideológicas y de banderas políticas que han terminado por desvirtuarlo y por convertirlo en un remedo grotesco de lo que siempre se consideró el sentimiento más puro en el ser humano. 

En primer lugar, el propio concepto se cuestiona, se juzga innecesario o inexistente en todo tipo de relaciones, pero principalmente en lo que atañe a las de pareja. Ya no se ve como una aspiración el noviazgo, después convertido en matrimonio, que luego dará lugar a una familia (tradicional, por supuesto), sino que ahora se ve como una especie de asociación entre dos personas independientes (que para variar pueden no necesariamente ser hombre y mujer), que se complementan pero que ya no se necesitan y que con mucha facilidad pueden romper el vínculo. Ya no hay un compromiso a futuro sino una relación hedonista centrada en el momento (y muy a menudo en la utilidad). Los hijos se ven como una carga, y a menudo se consideran prescindibles y sustituibles por las mascotas o, en los peores casos, hasta por los objetos. Se privilegia el llamado amor propio (que aunque es muy necesario para nuestra salud mental y espiritual, muy a menudo degenera y deviene genuino narcisismo) por sobre la entrega y el compromiso que supone el dar nuestro afecto a otra persona, y se han adoptado lenguajes de banderas políticas para sustituir el del amor tradicional: ya no se tiene novia o novio, ni esposa o marido; ahora se tiene compañero o compañera, y en los casos más surrealistas, compañere (dicho sea de paso, el lenguaje inclusivo es en sí mismo una aberración woke, y tenemos el deber de evitarlo y de conservar la pureza de nuestra lengua). 

Por si todo ello fuera poco, el amor que antes con toda naturalidad se daba, ha sido sometido ahora a todo tipo de dispositivos de vigilancia desde las leyes surgidas de la extrema politización y polarización. Ahora, casi como por contrato, todo trata sobre consentimiento, a la vez que todo acercamiento es visto como amenaza, invasión y acoso. Los discursos ideológicos han convertido a casi toda expresión de amor, antes simplemente aceptada, en algo prácticamente violento. Las relaciones de todo tipo se convierten así en tóxicas y condicionantes, y todo ello ha dado como resultado el fenómeno social de que hoy abundan las personas solas e incapaces de establecer vínculos afectivos reales y sólidos. 

Culturalmente, lo que sucede es muy grave. Las sociedades fuertes se fundamentan en núcleos fuertes, y sabido es que el primer núcleo humano, nuestra primera tribu, y la más importante de todas, es la familia. Y la familia, para ser funcional, debe fundamentarse en el amor, primero de la pareja, y luego extensivo a los hijos e inversamente hacia los padres. Pero si tanto la familia como el amor, en su sentido verdadero y tradicional, son cuestionados y puestos en duda por discursos pseudofilosóficos surgidos del materialismo histórico y de las visiones marxistas (que han convertido al amor y a la familia en meras relaciones de poder y de dominación, según sus teóricos desviados) que hoy dominan en el campo ideológico, lo que tenemos son sociedades débiles y países inestables expuestos a toda clase de invasiones externas, tanto culturales como humanas. Pues si deja de haber familias, queda un vacío, y es un hecho que cuando surge un vacío, este siempre es necesariamente llenado con otra cosa, no siempre deseable. 

Desgraciadamente, este tipo de discursos progre-wokistas son continuamente reproducidos, además de por las instituciones y por la educación oficial, por la publicidad, por los medios, por el cine y por todo producto de la cultura pop, todo lo cual ha logrado tener una resonancia en las mentes de las generaciones más jóvenes, que han llegado a introyectar una imagen distorsionada del amor, completamente banalizada, y, en los peores casos, politizada y radicalizada. 

Afortunadamente, este tipo de visiones, que primeramente surgieron como críticas dialécticas a la propia cultura en la que nos movemos, como una consecuencia natural del así llamado pensamiento crítico (que muy a menudo poco tiene de crítico), hoy también están siendo cuestionadas y criticadas por muchos pensadores que ya vislumbran los estragos que el futuro cercano nos traerá de seguir nuestra sociedad por el camino de la radicalización. Y aunque lentamente, hay algunas señales que esperanzadoramente nos muestran que el mundo está empezando a sanar y a retomar el rumbo que se interrumpió, sobre todo en la última década. 

La batalla cultural aún no está perdida. Aún hay esperanza para el amor.