GASTRONOMÍA
Daniel Parra Céspedes
La primera cita suele suceder en territorio neutral: un restaurante, un café, un barcito, el nuevo lugar. Nadie cocina todavía, porque cocinar implica un grado de compromiso que al inicio asusta un poco. En esta etapa, el amor va en modo degustación: probamos, observamos, catamos y evaluamos. Las relaciones suelen comenzar alrededor de una mesa, pero se profundizan en la cocina. La primera cita es el prólogo; cocinar en pareja es el desarrollo de la historia, es el momento en que el amor deja de ser sólo palabras y se comienza a escribir una historia.
Aunque el restaurante es un gran aliado, también marca una distancia; todo está resuelto: alguien más cocina, alguien más limpia, alguien más se hace responsable si algo sale mal. El amor todavía no entra a la cocina; apenas se asoma.
Hay un momento clave en toda relación: cuando la cita deja de ser “vamos a cenar” y se transforma en “¿por qué no cocinamos en casa?”. Esa frase, aparentemente inocente, es una declaración importante. Significa confianza, comodidad y un gran paso adelante.
Cocinar en casa implica abrir un espacio personal, ya no hay carta ni mesero, ahora hay: refrigerador, alacena y, lo más importante: decisiones compartidas. Aquí el amor cambia el extenso menú y se pone ropa cómoda. Cocinar juntos ya no es sólo alimentarse, es convivir, porque el encanto también está en lo cotidiano. Invitar a alguien a cocinar es decirle: “Así es mi mundo, aquí guardo mis ingredientes, mi historia y mis manías.” Cocinar en pareja es, sin exagerar, uno de los ejercicios más honestos de convivencia, es un lenguaje bidireccional en el cual ambos dan y reciben, ambos cuidan.
Cocinar en pareja también implica las primeras negociaciones: qué se cocina, qué compras hay que hacer, cómo se cocina y quién hace qué. Es el laboratorio perfecto para ensayar acuerdos, ceder un poco y aprender a trabajar en equipo.
Este tragón cree que hay algo profundamente romántico en picar verduras juntos, probar la comida y brindar una y otra vez durante el proceso. Cocinar en pareja crea una intimidad distinta, más cercana, más real. Y cuando algo sale mal, se revela otra capa del amor: cómo se reacciona ante lo imperfecto. Cocinar en pareja, definitivamente, se parece mucho más a una receta improvisada que a un menú de degustación.
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