SENA 

Laurence Le Bouhellec 

 

 

En el siglo XVIII, y como contraparte del arte culto, se posiciona el arte popular. Resulta tan alabado por la “autenticidad” y “sinceridad” con las cuales sus productores trabajan, como despreciado por su “ausencia de estilo” y la aparente “torpeza” con la cual están, a veces, realizado algunos objetos. En el siglo XIX, con la construcción de los nacionalismos y el desarrollo de la Revolución Industrial, se vuelve un objeto de estudio desde el folklor o la etnografía. Pero falta saber a qué refiere exactamente la categoría de arte popular: ¿arte del pueblo en oposición al arte que le gusta a la élite?, ¿arte característico de una etnia o de una civilización?, ¿arte producido por personas que carecen de la formación oficialmente reconocida de artistas? En 1928, en Praga, República Checa, se celebra el Primer Congreso Internacional de las Artes Populares. En Francia, el Museo Nacional de las Artes y Tradiciones Populares abre sus puertas en 1937 con el objetivo de proponer una visión sintética de la sociedad tradicional francesa, no citadina, sino artesanal. Pronto fue apodado “el Louvre del pueblo”. 

En México, con motivo de los festejos del Primer Centenario de la Consumación de la Independencia en 1921, Gerardo Murillo, el famoso Dr. Atl, fue encargado de organizar una exposición de arte popular. Paralelamente a los trabajos de curaduría requeridos para la exposición, se dio a la tarea de preparar un catálogo ilustrado, documentando las principales manifestaciones de arte popular mexicano. En la introducción del catálogo, no duda en resaltar el talento de los artesanos mexicanos, en particular el tejido de sarapes, la fabricación de sillas de montar y la alfarería, que está considerada entre las más sobresalientes producciones. Destaca también la gran calidad de los objetos elaborados de manera artesanal por manos mexicanas. Finalmente, considera que “La exposición de Arte Popular del Centenario ha sido la primera manifestación pública que se haya hecho en México para rendir homenaje oficial a las artes nacionales y ella ha constituido un punto de partida para su desarrollo y transformación.” 

Unas décadas después, bajo la iniciativa de María Antonieta Rivas Mercado, abre el Museo de las Artes e Industrias Populares en el centro de la Ciudad de México en 1951, ocupando el espacio del antiguo templo de Corpus Christi, cerca de la Alameda Central. Al visitante que entraba lo recibía un llamativo mural de Miguel Covarrubias, elogiado por el antropólogo y arqueólogo Alfonso Caso por “su extraordinaria sensibilidad artística”. Inspirado por la geografía cultural, la minuciosidad de su trabajo cartográfico venía fundamentado por el hecho de que su uso, para los estudios de la distribución de los rasgos culturales, era tan relevante para los antropólogos como necesario para los geógrafos. Y resulta que, al igual que los mapas, el uso del concepto de área cultural resultó fundamental para el proceso de clasificación geográfica de todas las poblaciones nativas del continente americano. Muy afectado en su estructura por el sismo de 1985, el antiguo templo de Corpus Christi fue definitivamente clausurado, y el mapa de Miguel Covarrubias se puede ahora disfrutar en las nuevas instalaciones del Museo de Arte Popular, en su primera sala. Más de medio siglo después, no ha perdido nada de su pertinencia, recordándonos la necesidad de la valoración y apreciación de la diversidad cultural fuera de estereotipos y clichés.