CINE 

Agustín Ortiz 

 

 

Hay genios que se antojan eternos, cuyo talento parece algo que ocurre una vez cada década, convirtiéndose en una figura cuya influencia y presencia resultan inamovibles a la hora de hablar de la cultura y la sociedad que nos rodean, dejando un legado fundamental a la hora de explicar su tiempo. 

Y luego está el caso de Elaine May. 

Quien parece siempre ha estado ahí. 

Tan influyente. 

Y tan oculta. 

Hablar de Elaine May (Berlín1932) es hablar de alguien a quien, dentro de ese cuerpo pequeño y esa belleza tan sofisticada, parecen habitar muchas vidas, etapas que equivalen a la trayectoria entera de otros artistas más famosos, que al describirlas parece que las palabras fallan en hacerles justicia. 

Pero hagamos el intento:  

Precursora del Stand Up, Como parte de la formidable dupla Nichols y May en los años 50, donde al lado del legendario Mike Nichols y en tan solo 5 años, sentó las bases de mucha de la comedia moderna, convirtiéndose en un fenómeno hasta que decidió que ya había dado lo que podía dar en esa carrera, retirándose de los escenarios antes de convertirse en una parodia de sí misma. 

Directora de culto y de una obra personalísimaúnica, que se convertiría en objeto de adoración (contando entre sus fans a Ben StillerGreta GerwigQuentin TarantinoWoody Allen y siguen las firmas), donde pueden convivir desde la comedia negra (New Leaf1971 y protagonizada y escrita por ella misma), la comedia romántica y cringe    (The Heartbreak Kid1972), el drama masculino y gangsteril (esa obra mayor que es Mikey & Nicky de 1976, donde se puso al tú por tú con el conflictivo John Cassavettes, quien vio cómo su legendario temperamento era domado por esa chica de baja estatura que insistía en regrabar sus escenas y darle rienda suelta a su improvisación).  

Hasta ser sinónimo de fracaso en taquilla (esa fascinante rareza llamada Ishtar de 1987, que en un principio se antojaba como su triunfal coronación como autora, amparada por su en ese entonces íntimo amigo Warren Beatty, y que acabó siendo el claro ejemplo de ese dicho que afirma que el camino al infierno está tapizado de buenas intenciones, consolidando su reputación como genia conflictiva, cosa que en un Hollywood machista equivalía a alejarse de ella) antes de volver en el 2016 con el enternecedor documental Mike Nichols: American Masters, retratando al esencial director de obras maestras como The Graduate (1967) y Working Girl (1988) con mezclas iguales de ternura y justicia. 

Remendadora de guiones ajenos, elevando el material tanto a la categoría de obra maestra, como ocurrió con Reds (1981) de Warren Beatty, o puliéndolo hasta crear algunas de las comedias más inteligentes y divertidas del siglo XX, como ocurrió con Primary Colors (1998) o The Birdcage (1996), ambas dirigidas por Mike Nichols. 

Actriz de presencia magnética y peculiar, que tanto puede ser musa de Woody Allen como ganar -a los 86 años– el respeto de la crítica y público (además de un Tony a mejor actriz) al interpretar a la matriarca que se debate entre la paz y la demencia en The Waverly Place (2018) de Kenneth Lonergan 

Íconoleyendarevolucionariatransgresoraeleganteadmirada y temida (si queda duda alguna, basta leer la biografía que le dedicó la periodista Carrie Courogan Miss May Does Not Exist: The Life and Work of Elaine May, Hollywood’s Hidden Genius, para darse cuenta del respeto y desconcierto que sigue inspirando a sus más de 90 años). 

Nada mal para una excéntrica madre adolescente y migrante. 

Libre, siempre libre. 

Y tan presente  

Tan oculta. 

Pero a la que se le sigue encontrando en todo. 

Una oración: 

Bendita anomalía, bendita ella. 

Benditos nosotros los espectadores. 

más benditos los que están esperando descubrirla.