TEATRO 

Rodolfo Meléndez Sánchez  

 

 

En 1882 el dramaturgo noruego Henrik Ibsen publicó Un enemigo del pueblo, una pieza que nació en un momento de fricción personal y pública. Venía de enfrentar el rechazo feroz contra Casa de muñecas, obra que desató todo un debate y censura moral en Europa. La nueva historia fue escrita desde esa nueva perspectiva que le había traído el escrutinio público, y la poca vergüenza que llega a tener un autor que ha sido tachado de inmoral, y sobrevivió a ello. 

El argumento es simple. El doctor Thomas Stockmann descubre que las aguas del balneario que sostiene la economía de su ciudad están contaminadas. El lugar atrae visitantes, empleos, prestigio. La prosperidad depende de ese flujo constante. El hallazgo del médico amenaza con detenerlo todo. Decide informar a la comunidad. Cree en la evidencia. Confía en la reacción racional de autoridades y vecinos. 

La respuesta es otra. 

El alcalde, que además es su hermano, encabeza la resistencia. La prensa local primero promete apoyo, pero después retrocede. Los comerciantes calculan pérdidas. Los líderes cívicos piden prudencia. El debate sanitario desata una disputa local, rencillas y viejos rencores entre vecinos. El médico pasa de ciudadano respetado a convertirse en el mayor imbécil del pueblo. La asamblea pública marca el quiebre, y allí es señalado como traidor, por ir en contra de los intereses del capital. La mayoría vota en su contra, y queda aislado junto a su familia. 

Ibsen coloca el foco en la mentira de la democracia cuando la verdad resulta costosa. No presenta héroes puros. Stockmann es obstinado, orgulloso, convencido de su superioridad moral. Sus adversarios no son caricaturas. Temen la ruina económica, y defienden su estabilidad. El conflicto es complicado, y este pueblo bien podría ser cualquier junta vecinal o colonia de una localidad. 

El estreno ocurrió el 13 de enero de 1883 en el Christiania Theater de Oslo. La obra viajó pronto a Helsinki, Estocolmo y Copenhague. Más tarde llegó a Berlín, Viena, París y Londres. En 1900, Konstantín Stanislavski la montó en el Teatro de Arte de Moscú, otorgándole una nueva lectura escénica centrada en la psicología del protagonista. 

En 1950, Arthur Miller realizó una adaptación estrenada en el Broadhurst Theatre de Broadway, con Fredric March al frente del reparto. Miller encontró en el texto una gran similitud con el clima político estadounidense de la posguerra. La figura del denunciante adquirió mayor significado en un contexto en el que, pronto, la caza de brujas convertiría en la forma menos exacta, pero más satisfactoria de realizar el ejercicio democrático. 

La pieza ha tenido múltiples encarnaciones en el mundo hispano. En España se presentó desde finales del siglo XIX, con versiones que atravesaron distintas etapas políticas. En Argentina fue montada en el Teatro San Martín de Buenos Aires en 1972, con Héctor Alterio, y volvió en 2007 bajo la dirección de Sergio Renán. Incluso existió una versión titulada Una enemiga del pueblo, con el personaje principal interpretado por Virginia Lago. 

En México, el texto se estrenó en el Foro Shakespeare con una adaptación situada en la década de 1990, periodo definido por el Salinismo, cambios de gobierno y desconfianza institucional. Bajo la dirección de Omar Olvera, el montaje optó por un tono cercano a la farsa. La risa funcionó como mecanismo para no llorar. El elenco incluyó a Sergio Bonilla y Anabel Ferreira. La trama se trasladó a un poblado del norte del país. El conflicto permaneció intacto, porque casi 150 años después, anteponemos los intereses del capital, por encima de la salud y el bienestar humano. 

Otra lectura mexicana surgió en el Teatro Julio Castillo dentro del Centro Cultural del Bosque. Allí, la Compañía Nacional de Teatro propuso una versión dirigida por David Gaitán. El personaje central apareció más áspero, con rasgos violentos y misóginos. El público participó activamente durante la función, como si de repente se hubieran convertido en todos esos vecinos. 

El cine también exploró la historia. En 1976 se realizó una versión protagonizada por Steve McQueen. Décadas después, nuevas adaptaciones en Londres y Broadway actualizaron el lenguaje y el contexto, añadiendo más tensión entre hechos verificables y opinión moldeada por intereses. 

Ibsen presenta un escenario donde la mayoría puede errar y el individuo puede extraviarse en su propia búsqueda de hacer lo correcto cuando el colectivo está en su contra. La figura del enemigo no siempre es la del que contamina el agua, sino la de quien insiste en señalarlo.