HITOS
¿Qué tienen en común un abogado de la mafia, un soldado enloquecido dentro de una guerra que no puede ganar, un cantante de country en busca de una segunda oportunidad, un pastor cristiano de pasado tormentoso y un ejecutivo televisivo al borde de la desesperación? Que todos ellos supieron ser representados por el rostro y talento de Robert Duvall (1930-2026), ese actor que a pesar de las críticas por ese físico que no era precisamente el de una estrella (y que en tiempos de hambruna y búsqueda de oportunidades, vivió en un departamento con nada más y nada menos que Dustin Hoffman y Gene Hackman, en ese entonces, junto con él, aspirantes a actores que habían sido vilipendiados por sus compañeros de clase por considerarlos los menos talentosos de su grupo), supo usar ello a su favor a la hora de encarnar una variedad de personajes distintos entre sí pero unidos en su humanidad.
Y en ese actor.
Uno que después de darse a conocer como el misterioso Boo Radley en la magistral Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) tuvo que entrar a los cuarenta para consagrarse en los años 70 interpretando al moral y enérgico -en un mundo de mafiosos- Tom Hagen en El padrino I y II (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, declinando aparecer en la tercera por considerar que su salario era una burla comparado con el de Al Pacino), a lo cual seguirían apariciones estelares en cintas como Apocalypse now (otra vez Coppola, 1979 y quizá su mejor papel encarnando al Coronel Kilgore, obsesionado con el surf y la música clásica), Tender Mercies (Bruce Beresford, 1983 y que le dio el Óscar a mejor actor, aun cuando director y actor acabaron odiándose), y El apóstol (dirigida por él mismo, 1997), amén de haber apadrinado a George Lucas (THX 1138, 1972) y Billy Bob Thorton (Sling Blade, 1996) en sus debuts como directores.
De vida personal discreta (4 matrimonios y republicano confeso, pero sin aspavientos), fue precisamente ese desconocimiento de su vida privada lo que lo ayudaba a bordarse los papeles, convirtiéndose en quizá el monarca de los actores secundarios, pero también dominando, discretamente, el arte de actuar sin que se le notara, conteniendo -tal como diría Walt Whitman– multitudes a la hora de pararse frente la cámara, siempre verosímil pero siempre Duvall.
Siempre elegante, siempre él mismo.
