MINUCIAS DEL IDIOMA
Miguel Campos Ramos
La Academia de la Lengua Española fue creada, mediante real cédula dictada por el rey Felipe V, el 3 de octubre de 1714, y su propósito fue “velar por la propiedad del idioma”, al tiempo que su lema fue, ha sido y sigue siendo: “limpia, fija y da esplendor”.
Por la época en que España era un imperio avasallante, que descubría y conquistaba territorios, la lengua era usada para reforzar la conquista.
Aquí mismo, en México, se impuso a la fuerza y desplazó a las lenguas autóctonas que había, y que incluso fueron quedando en desuso y consecuentemente desapareciendo; sólo por mencionarlo, se calcula que ha quedado poco menos de la mitad de los idiomas originales, que eran casi doscientos.
De manera que en algún momento el idioma español (como el portugués, el inglés y el francés) sirvió para fortalecer el coloniaje.
De aquí que resultaba sumamente importante establecer un organismo que rigiera la “propiedad” idiomática, entendida ésta no como “posesión”, sino como la “forma adecuada para ser empleada en determinado lugar”, es decir, “el uso apropiado para determinadas circunstancias”.
Actualmente existen academias de la lengua en todos los países donde se habla nuestro idioma, e incluso existe la ¡Academia Norteamericana de la Lengua Española!
Esta apertura nos habla de lo importante que es en la actualidad (igual que para el gobierno francés mediante sus “alianzas francesas”) propagar y mantener la normatividad básica del empleo apropiado o, más bien, “adecuado”, del idioma español.
Ya no se trata de propósitos impositivos o avasallantes, como tampoco existen en la propagación del idioma inglés, pese a ser el idioma “oficial” del comercio.
Lo que hoy existe es la necesidad imperiosa e impostergable de mantener la unidad como conjunto de pueblos, merced a un empleo más o menos uniforme de la lengua española, y desde luego, fortalecer el entendimiento.
Por supuesto, en una nación específica, como la nuestra, esta necesidad se torna obligatoriedad por los riesgos de pérdida de identidad latentes debido a la penetración, sutil pero firme, de otras ideologías divulgadas y promovidas de modo subliminal desde otros idiomas. El hecho simple de que los estadounidenses se llamen “americanos”, como si fueran dueños de todo el continente americano, al grado de llamar “América” a su nación, habla de esta penetración ideológica.
De modo que hoy, ya no con criterios impositivos sino con base en la urgencia de entendernos y mantener la unidad étnica, es preciso incluso establecer leyes que protejan al idioma español, leyes que vayan más allá de la buena voluntad de las normas gramaticales establecidas o, mejor dicho, “sugeridas”, por nuestra Academia Mexicana de la Lengua.
Leyes para obligar a los publicistas a redactar correctamente sus mensajes; leyes para exigir a los comerciantes a emplear, como en Francia, traducciones en español de los nombres de sus negocios, cuando usan extranjerismos; leyes, en fin, que lleven a establecer, desde los gobiernos, tanto federal como estatales y municipales, mecanismos para vigilar o al menos asesorar en materia idiomática, a fin de que no se propicien aberraciones (y casos de mal gusto) como el eslogan de cierto producto que favorece la digestión: “El que obra bien, bien le va”, que, por cierto, debió ser: “Al que obra bien, bien le va”.
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