CINE 

Agustín Ortiz 

 

 

“En Italia, bajo los Borgia, hubo treinta años de guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, hubo amor fraternal, quinientos años de democracia y paz… ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”. 

La frase aparece en el El Tercer Hombre (1949), el clásico de Carol Reed sobre la cual pesa tal cantidad de historias que obligan a uno a preguntarse: ¿Esto es real? 

Por ejemplo, su guionista aceptó el trabajo no por el gusto de escribir, ni por la oportunidad de escribir para Orson Welles, sino por ser la coartada perfecta para cumplir con su otro trabajo, uno que hacía bajo las sombras. 

O qué tal la historia del productor, David O’Selznick, quien vivía sumido en adicciones que ponían en riesgo -un día sí y otro también- el proyecto. El tipo era un obsesionado con el detalle, incluso hubo discusiones sobre el color de los calcetines del villano (aun cuando la película era en blanco y negro) y sobre cambiarle el nombre a la cinta por un romántico “Noche en Viena”. 

Y ni qué decir de su director -Carol Reed-, quien vivía frustrado de tener que lidiar con los egos de los involucrados, que iban desde su protagonista, Joseph Cotten -quejándose constantemente de lo insoportable que era volver a actuar junto a Orson Welles, quien le había dado fama y posteridad gracias a Ciudadano Kane (1941)-,  hasta tener que lidiar con el clima nocturno de Viena, tan frío e inhóspito, como si reflejara la situación política de Europa en ese momento, una que había padecido los estragos de la Segunda Guerra Mundial. 

El encargado de musicalizarla, un tal Anton Karas, había sido descubierto en una fiesta tocando la cítara, sin saber que el tema de la cinta para la cual sería contratado se convertiría en el disco más vendido hasta ese entonces en Inglaterra, con cinco millones de copias (e influyendo nada más y nada menos que a la banda sonora de ¡Bob Esponja!). 

Historias que se antojan clásicas. 

Y se fundieron para crear un clásico indiscutible del séptimo arte. 

Uno donde literatura y cine se funden en un clásico noir por demás influyente pero que, al mismo tiempo, no se parece a nada. 

Porque El Tercer Hombre (ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes) es quizá una de las cintas más fascinantes que se han hecho. Una que surge del encuentro del legendario escritor Graham Greene (quien, además de autor de bestsellers, era un espía británico buscando la coartada perfecta para reportar qué ocurría en Europa) y el enigmático Peter Smolker, corresponsal europeo para el diario The Times y doble agente para británicos y rusos con acceso a los círculos subversivos que pululaban en la Europa de los años 40.  

Smolker quería ser escritor y le contó a Greene una historia ficticia sobre penicilina adulterada y la vida nocturna en Viena, historia que le dio a Greene la coartada perfecta para seguir siendo agente secreto en una nación que estaba organizándose. 

Que el responsable de presentar a Greene y Smolker fuera el legendario doble agente Kim Philby acabaría sellando el proyecto; Kim Philby, doble agente británico-ruso que posteriormente develaría las coartadas de otros espías, Greene incluido, y cuya duplicidad inspiraría al escalofriante y tortuoso Harry Lime, encarnado con maestría y obsesión por un Orson Welles que durante la filmación le arrebataría en muchas ocasiones la dirección a Reed (de hecho, el famoso monólogo sobre Suiza y el reloj cucú, reproducido al inicio del presente artículo, fue escrito por él y no por Greene), también desapareciendo intempestivamente de la filmación para buscar patrocinios que le permitieran acabar de dirigir su Otelo (1951). 

Y la historia de la película estaba a la altura de la vida detrás de ella: el mediocre escritor Holly Martins (Cotten) viaja a Viena siguiendo la oferta de trabajo que le hace su amigo de la infancia Harry Lyme. Al llegar a la ciudad, le informan que Lyme ha fallecido unos días antes en un accidente, pero mientras más va investigando la muerte de su benefactor, Martins se da cuenta que ninguna historia parece ser real y que está en medio de una trama que ya hubiera querido alumbrar como escritor, mientras se va sumergiendo en el corrupto submundo vienés, uno donde nada es lo que parece. 

Donde las historias, dentro y fuera del set, alumbraron un clásico a prueba de balas. 

Y ese discurso al principio de este texto, dicho por Harry Lyme a un confundido Holly Martins, es la clave para entender la magia de esta cinta: nos contamos historias para hacer sentido del mundo, para entender qué hay detrás de él antes de sumergirnos a explorarlo en nuestro día a día. 

En la triunfal derrota de Martins (o derrotado, según decida interpretarse esa magistral escena final) uno comprende que lo que importa es la historia al haberlo vivido. 

A todo esto, ¿de qué trata El Tercer Hombre? 

¿Noir, drama, denuncia, traición, amistad? 

De todo eso. 

El ser como uno hecho de polos, donde lo único que puede hacer es reconocer su existencia. 

Y la grandeza de este clásico.