GASTRONOMÍA 

Daniel Parra Céspedes  

 

 

Hay lugares que parecen hechos para el silencio y otros para el bullicio. Las bibliotecas pertenecen al primer grupo: templos del susurro, del pasar de páginas y del inevitable ¡shhh!, que todos hemos sufrido alguna vez. En la gastronomía, salvo las catas de concurso, se asocia con lo contrario: voces, las copas chocando, los fogones y ruidos de cocina ¡“oído chef”! Las conversaciones que se alargan más que la sobremesa. A simple vista, estos dos mundos no podrían ser más distintos.  

Las bibliotecas son guardianas de la memoria colectiva. Conservan ideas, relatos, pensamientos y emociones que de otro modo se perderían en el tiempo. La gastronomía, por su parte, es una forma de memoria sensorial.  

En la cocina existe una estructura: recetas, tiempos, temperaturas, pero también un margen de improvisación que puede convertir el orden en caos en cuestión de segundos. ¿Quién no ha sustituido un ingrediente “porque no había” y ha terminado inventando algo completamente nuevo o completamente incomible? 

Un libro puede transportarnos a otro lugar con palabras; un platillo puede hacerlo con un solo bocado. El olor de un guiso puede recordarnos la infancia con una precisión que ni la mejor autobiografía lograría. En ese sentido, ambos funcionan como máquinas del tiempo, aunque una use tinta y la otra sabores y aromas. 

Ambos mundos tienen un particular punto de encuentro: tanto leer como comer son actos íntimos. Aunque puedan compartirse, la experiencia final siempre es personal. Dos personas pueden leer el mismo libro o probar el mismo platillo y, aun así, vivir experiencias completamente distintas. Porque tanto el sabor como el significado dependen, en gran medida, de quien los recibe. 

Por otro lado: hay libros que devoramos y otros que masticamos con dificultad. Lo mismo ocurre con la comida. Y en ambos casos, el verbo “consumir” no es casualidad. Leer y comer son formas de consumo cultural. En una biblioteca, elegimos qué leer como quien elige qué comer en un menú. Hay días para algo ligero, otros para algo denso, y algunos, los mejores, para algo que nos cambie la vida o, por lo menos, el estado de ánimo. 

Leer y comer comparten un pequeño placer culposo: el exceso. Ese momento en que dices “sólo un capítulo más” y terminas a las tres de la mañana, o “sólo un plato más” y acabas recorriendo todo el menú. Disfrutamos de la literatura tanto como de la buena comida; ellas tienen ese poder seductor que hace que perdamos la noción del tiempo y del “espacio”. 

En este mundo vertiginoso leer y cocinar son actos de resistencia. Nos invitan a bajar el ritmo, a concentrarnos, a disfrutar el proceso y no sólo el resultado: una alimenta el cuerpo, la otra la mente, pero en el fondo ambas terminan tocando el alma.

 

 

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