Germán Motalvo
Al salir de la escuela en un pequeño puesto hay una fila de calaveritas de azúcar y chocolate que llevan en la frente nombres diferentes que corresponden a cada uno de los que por ahí pasamos. Es fin de octubre; la temporada para celebrar el día de muertos ya inició. El ritual viene desde tiempos prehispánicos; la despedida para ir al encuentro de “otra vida” estaba acompañada de cantos e incluso comida para que el muertito en su “nuevo camino” no sufriera de hambre. De ahí viene la tradición que hoy los jóvenes han llevado a un escenario de performance a lo largo de nuestro país. La ofrenda hoy está más viva que nunca. El Mictlán es el lugar del descanso eterno, y en la leyenda mexica ese lugar fue gobernado por Mictlantecuhtli (Señor del lugar de los muertos) y su compañera Mictecacíhuatl (Señora de la muerte), dioses de la muerte, representados con cuerpo de esqueleto. Numerosos son los estudios sobre la tradición del día de muertos que se celebra en noviembre justamente al finalizar el ciclo del maíz.
En su libro La Calavera, Paul Westheim apunta sobre la inmortalidad en México: Una idea de las concepciones fundamentales del mundo precortesiano, clave quizá de la actitud de aquellos pueblos frente a los hechos terrestres y cósmicos, es la idea de la inmortalidad o, más bien, de la indestructibilidad de la fuerza vital, que subsistía más allá de la muerte.
De esta fiesta los jóvenes ya hicieron una celebración que colorea las calles de los diferentes centros de cada ciudad de México; este acontecimiento está presente en las escuelas, se celebran concursos al mejor maquillaje, al mejor disfraz, se hacen exposiciones de fotografía, el rostro mitad calaca resurge de forma distinta. Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl siguen desde el más allá año con año el espectáculo que ellos inventaron los días uno y dos de noviembre.
