Detrás de ese rostro duro e imponente siempre se escondió uno de los actores más versátiles que ha dado el séptimo arte, uno que podía interpretar tanto a un idealista joven en pos de su amiga de la infancia (My brilliant Career, 1979, que lo convirtió en uno de los rostros emblemáticos de una nueva generación de intérpretes y directores australianos a finales de los años 70), como a un terrateniente obsesivamente enamorado que, al sentirse traicionado, se convierte en monstruo (The Piano, 1993, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes) y al legendario Mago Merlín (en la miniserie Merlin de 1998, que le dio una doble nominación al Emmy y Golden Globe), sin olvidar a ese hombre de ciencia que decide convertirse en héroe de acción, en el papel del Dr. Alan Grant en Jurassic Park (1993), sin duda el papel que le dio la inmortalidad entre cinéfilos y los no tanto al enfrentar con dosis iguales de ingenio y descaro a los dinosaurios que redefinieron el Blockbuster en los años 90.
Niño tartamudo, abogado frustrado que llegó a la actuación para no seguir el camino militar de su padre, defensor del medio ambiente y condecorado como Oficial de la Orden del Imperio Británico, si algo distinguió a Sam Neill (Nueva Zelanda, 1947–2026) fue la naturalidad con la cual podía interpretar cualquier papel, fundiéndose en el personaje pero, al mismo tiempo, no dejándonos olvidar al hombre detrás del personaje, uno que después de haber sobrevivido una dura batalla contra el cáncer, nos dejó de manera sorpresiva a causa de una neumonía a la edad de 78 años, legándonos una de las trayectorias más constantes y discretas del cine, una donde pesaba el talento sobre el escándalo, así como la elegancia que siempre lo caracterizo (y que hizo que, en algún momento, su nombre se barajara para interpretar a James Bond).
Una trayectoria acorde al hombre.
Que hoy es ya eterno.
Y si, fue una brillante carrera.
