Feminismo, happenings, poesía, surrealismo, arte pop, performance, psicodelia, minimalismo… hasta su muerte a la edad de 97 años parecía, dentro de ese cuerpo diminuto y mirada penetrante, que la artista Yayoi Kusama (1929–2026) contenía multitudes, cosmos que eran plasmados dentro de esas redes y puntos legendarios que plasmaba en una obra que queda grabada para la posteridad.
Nacida en Matsumono (Nagano) en el seno de una próspera familia de gobernantes, desde niña Kusama tuvo que soportar desde muy temprana edad tanto el abuso de su madre como pensamientos suicidas, encontrando escape a ese infierno en el arte, emigrando a América y encontrando un hogar en sí misma, lo cual da a conocer primero a través del arte abstracto y usando su actividad artística para protestar contra la guerra de Vietnam, al mismo tiempo que vivía en la peculiar y platónica relación a mediados de los años sesenta con el artista Joseph Cornell (1903-1972), quien le dio un sentido de pertenencia e inspiración cuando ella más lo necesitaba.
Viviendo en hospitales psiquiátricos desde 1973, al mismo tiempo que crecía su influencia en el arte moderno, Kusama era alguien que, recorriendo el mundo y mostrando esa obra tan amada y polemizada en partes iguales, mostraba a través de esas figuras aparentemente simples el universo que contenía, uno cuyos puntos (tan pop como las latas de sopa campbells de su contemporáneo Andy Warhol) hoy se alarga hasta el infinito.
