MINUCIAS DEL IDIOMA 

Miguel Campos Ramos 

 

 

Hace algunos años el escritor español Alberto Vázquez Figueroa vino a México a presentar su novela Piratas. En alguna de tantas entrevistas explicó que existen cuatro tipos de ellos. 

El “pirata” propiamente dicho, que significa “bandido”; luego entonces “piratas” era los marineros “bandidos” dedicados a asaltar barcos para robarles. 

El “corsario”, en cambio, era un “bandido” del mar que se daba al “corso” (“a la carrera”, del latín “cursus”) con autorización de su gobierno para asaltar barcos “enemigos” y robarles; a los más audaces, su gobierno les daba “patente de corso” (es decir, de curso), lo que significaba autorización oficial para asaltar dichos barcos y apoderarse de sus mercancías. (Por cierto, “corsario” no tiene nada que ver con la isla de Córcega, como muchos creen.) 

El “bucanero”, una especie de pirata ruin, vulgar, capaz de asaltar los puertos y de asesinar niños, violar mujeres y robarse hasta los cerdos. Es palabra de origen francés. 

Finalmente, el “filibustero”, término de origen holandés que aludía a un tipo de pirata muy singular, pues se dedicaba a buscar barcos hundidos, lo cual solía hacer cerca de los puertos, donde a veces se quedaba a vivir y hacía causa común con los habitantes, ayudándolos después a defenderse de los agresores. De aquí que actualmente se les llame “filibusteros” a extranjeros que van a otros países para apoyar sus causas políticas. 

Como verá el lector, no es válido tomar sin más una palabra por otra, como cuando al equipo de beisbol “Piratas” de Campeche, a fin de no repetir tanto su nombre, los cronistas lo designan sin el menor rubor como “bucaneros”, “filibusteros” e incluso “corsarios”. 

Cada palabra tiene un significado primigenio y preciso. Incluso, si se revisa con atención el diccionario, se verá que siempre el significado principal está como número uno de las acepciones. El hablante debe preferir siempre esta primera acepción como la más apropiada.