TEATRO
Rodolfo Meléndez Sánchez
Cuando Jean Cocteau escribió en 1930 La voz humana, se acostó sobre la mesa de operaciones y él mismo con su propio pulso se abrió el pecho a destajo y sacó la tinta en la que grabaría todos y cada uno de los dolores que lo acompañaron desde que era un infante de Maisons-Laffitte, en Francia, y creó una de las obras de teatro y literarias más díficiles de leer por la cruda prosa poética que emplea para decirle al mundo “estas son mis tripas, hígados y riñones”.
“¿Para qué sirve el amor?” Con un aire pesimista propio de un hedonista venido a menos, Cocteau, a través de su protagonista, confronta al público con la pregunta que ha llevado a países a la guerra, que ha creado religiones y sirve como fuente inagotable de arte. Esta mujer recoge los resquicios materiales de una relación que hace ya un rato ha terminado, aunque ella aún siga en ese proceso de aceptarlo. Esta pregunta se presenta más como un quejido solemne, que como el inicio de una tesis o de una conversación. Para Cocteau el amor es una enfermedad de la mente que anula toda voluntad, que conlleva al deterioro de la dignidad y que nos empuja a una adicción en la que la dignidad se diluye de todo nuestro sistema debido a la humillación voluntaria a la que la persona se va sometiendo poco a poco con tal de complacer a “otro”. La mujer que habla por teléfono nunca es visible del todo. El amante que se entrega por completo al amor se vuelve una pieza decorativa y se mezcla con el fondo. Se vuelve dócil y se somete a quien la abandona, pidiendo perdón por existir. Desechando su individualidad sólo por unos minutos más del dulce elixir de la ilusión que le da la voz que está al otro lado de la línea.
Un monólogo humillante en el que las personas se convierten en mimos o bufones. La obra contiene elementos muy puntuales: un solo personaje, un interlocutor que no sabemos si está presente o no, y un teléfono defectuoso. Toda esta estética sirve como retrato de lo que era y es actualmente el amor urbano, un campo fragmentado atravesado por la tecnología y la soledad. El amor codependiente involuciona de diálogo a monólogo: uno habla y el otro ya se ha ido.
Este acercamiento que Cocteau ofrece sobre el amor no es gratuito. Él en su vida conoció el amor en todas sus formas: en el exceso, en la pérdida y en la ruina total. Su padre se suicidó en 1898 cuando Cocteau no tenía ni siquiera nueve años. Y en 1923, muere Raymond Radiguet, su gran amor, un hombre al que amaba con gran devoción que rozaba lo divino. “Ya no escribiré”, se dijo a sí mismo como una forma de lidiar con su duelo, pero se estaba engañando a sí mismo. Todo esto construyó su visión fatalista del amor como una antesala al abandono, la adicción y la autodestrucción.
Cocteau no trataba de aleccionar a nadie. Como cualquier artista, no le tenía miedo al ridículo, a la cámara y al micrófono, y en esta obra comparte una visión muy particular de que el amor es también una forma de sadismo. La protagonista de la obra no ignora que su relación ha terminado, pero se aferra al sentimiento y rechaza por completo la normalidad de vivir en paz, alargando la agonía con charlas triviales como: la comida, el dolor de cabeza, las compras. Una adicción que se refugia en lo banal. Una obstinación profundamente cocteana.
La vida sentimental de Cocteau fue, en muchos sentidos, una variación constante de ese mismo drama. Tras Radiguet vinieron las drogas, el opio como anestesia contra la ausencia, las relaciones marcadas por la desigualdad, el escándalo, la incomprensión social. Cocteau vivió el amor en un estado de permanente exposición, sometido al juicio ajeno y al suyo propio. No es casual que La voz humana esté atravesada por la vergüenza: la vergüenza de necesitar al otro, de depender de su voz, de aceptar la degradación con tal de no quedarse solo.
Cocteau es sin duda una de las influencias más grandes de artistas como Pedro Almodóvar, ya que su vida y sus relaciones fueron una fantasía almodovariana de principio a fin. Después de haberse desbordado.
La obra anticipa, además, una intuición que Poulenc llevaría al extremo en su versión operística de 1959: el amor como espectáculo interior. En la ópera, la voz —esa voz humana que da título a la pieza— se convierte literalmente en música, en un canto que exige de la intérprete no sólo virtuosismo técnico, sino una capacidad actoral excepcional. No hay acompañamiento que la sostenga en largos pasajes: la voz queda sola, expuesta, como la mujer que canta. Esa desnudez musical no hace sino subrayar la verdad del texto original: cuando el amor se rompe, no queda más que la voz propia, resonando en el vacío.
¿Por qué escribió Cocteau La voz humana? Tal vez porque necesitaba comprender —o al menos ordenar— el caos emocional que había marcado su vida. Tal vez porque intuyó que el amor, despojado de su retórica romántica, revela con mayor claridad la fragilidad del ser humano. O quizá porque escribir fue, para él, una forma de exorcismo: poner en palabras aquello que, de otro modo, lo habría devorado.
No hay en esta obra una denuncia social ni una tesis explícita. Hay algo más incómodo: un espejo. Cocteau nos obliga a mirar esa zona del amor que preferimos ignorar, donde la esperanza se vuelve patética y la fidelidad se confunde con la renuncia a uno mismo. La mujer que habla por teléfono no es una víctima inocente ni una heroína trágica; es, simplemente, alguien que ama demasiado. Y en ese exceso, se pierde.
Quizá por eso La voz humana sigue representándose, adaptándose, reescribiéndose. Porque mientras exista el miedo a la soledad, mientras alguien esté dispuesto a humillarse por no escuchar el silencio, la obra seguirá interpelándonos. Cocteau escribió este texto no para explicar el amor, sino para mostrar su lado más cruel: aquel en el que amar no nos salva, sino que nos deja, desnudos, aferrados a una voz que se aleja.
