Laurence Le Bouhellec

 

 

En una reflexión enfocada a la problemática de lo Bello, el poeta francés Charles Baudelaire afirmó en el siglo XIX: “… le Beau est fait d’un élément éternel, invariable…” [“…Lo Bello está hecho de un elemento eterno, invariable…”] aunque se tenga que adaptar a una determinada época, moda, moral o pasión. ¿Quién no pensaría que, más que de lo Bello, se pudiera hablar del Amor en estos términos? ¿Cuál sería, entonces, aquel elemento eterno e invariable que lo pudiera caracterizar? ¿Y si, como en muchos otros rubros, no fuesen los antiguos griegos los que sentaron las bases de una manera de pensar con la cual todavía llegamos a identificarnos? 

Eros y nostalgia en El Banquete de Platón 

Entre los archivos de la antigua Grecia, uno, en particular, llama la atención: El Banquete de Platón. Escrito a finales del siglo IV a. J. C., este texto es un caso único en la obra conocida del filósofo porque, en esta ocasión, Platón no trata del amor como si fuese una idea abstracta y general, una noción filosófica, sino como un dios, Eros, que lo personifica y lo representa. Cabe aclarar que, al contrario de la manera cómo, en los monoteísmos modernos, se aprehende a “Dios” -un soberano todopoderoso que ha creado solo y ex nihilo al mundo y sus entes, y cuya palabra queda depositada en un Libro sometido a una interpretación rigurosa-, los dioses de la mitología griega personifican valores eternos, tanto las virtudes como los vicios que agitan el alma humana hasta tal punto que la divinidad aparece menos importante que lo que simboliza. En aquel texto, Eros es presentado como “el más grande amigo de los hombres”, y, sobre todo, como un dios caritativo, médico de los males que los suelen afectar y cuya sanación constituye su mayor felicidad. Pero ¿por qué considerar que Eros es, antes que nada, un médico? ¿De qué puede sanar el amor?  

En El Banquete varios son los invitados que se suceden a lo largo de la velada con sus discursos pronunciados en honor al dios Eros. Entre todos ellos, uno en particular nos sigue interpelando, a pesar de haber sido declamado hace más de dos mil años. Es el relato del poeta Aristófanes, quien explica que, en un principio, existían tres géneros de seres humanos: hombre-hombre, mujer-mujer y un tercero, ya desaparecido: hombre-mujer. Los tres compartían la forma de una bola, con cuatro manos, cuatro piernas y dos rostros, rodando a gusto por montes y valles. Sin embargo, guiados por su inmenso orgullo, aquellos primeros seres humanos decidieron en algún momento escalar hasta el cielo para irse a pelear con los dioses e intentar arrebatarles su poder. Después de mucha reflexión, Zeus idea su terrible castigo para aquellas pobres criaturas rebeldes: en lugar de exterminarlas, decide dividirlas, “como se parte un huevo”; de esta manera, si bien los seres humanos resultaron más débiles, fueron más numerosos, lo que favoreció inmediatamente a los dioses con un mayor número de ofrendas. Sin embargo, para los habitantes de la tierra, las consecuencias se volvieron realmente trágicas: cada nuevo ser humano, echando de menos a su otra mitad, procuró a como dé lugar unirse de nuevo con ella, movido incansablemente a lo largo de toda su vida por el deseo de poder volver a coincidir con ella. Acorde con aquel lamentable episodio, Eros no es más, entonces, que la consecuencia de la ausencia y carencia. Separado del otro, uno queda separado de sí mismo. Por ende, la implementación del amor en los seres humanos queda como el único e imprescindible recurso que permite reconstruir la plenitud de la verdadera naturaleza humana, perdida para siempre. 

¿Puede el amor quedar reducido a un puño de algoritmos? 

Más de dos mil años después del surgimiento del relato puesto en boca de Aristófanes por Platón, en 2012 aparece la plataforma Tinder, que promete no solamente encontrar a la persona perfecta sino poder hacerlo en un tiempo récord.  En un poco más de una década, Tinder ha visto su éxito consolidarse y ampliarse. Probablemente, parte de su enorme popularidad se deba al perfect match que pretende asegurar gracias a sus sofisticados algoritmos: sobre la base de datos objetivos (edad, ocupación, ubicación, pero también forma del rostro u opiniones políticas o religiosas, por ejemplo) procede a la selección de personas predispuestas, según sabios y ocultos cálculos, a una perfecta correspondencia. La plataforma, ya disponible en casi doscientos países y cuarenta y cinco idiomas, reivindica unos setenta y cinco millones de utilizadores activos mensuales. En el mercado abierto de Tinder, la posibilidad del encuentro se reduce a la evaluación de determinados tipos de perfiles que el usuario va palomeando de una manera o de otra, derecha o izquierda, según le gustan o no. Más que recorrer los ásperos e inesperados senderos de la vida, abiertos a todo tipo de encuentros o desencuentros, la plataforma ofrece un catálogo de imágenes asociadas con un determinado perfil, asegurando en caso de match una conexión para chatear, y más si así lo desean les involucrados.  

Aunque puede resultar perturbador que unos cuantos algoritmos, por más sofisticados que sean, terminen, de cierta manera, decidiendo para nosotros sobre una parte esencial del futuro de nuestras vidas, la gran lección del éxito de Tinder es que el diseño de la plataforma sigue alimentándose del deseo y la ilusión de la completitud. Como si nada hubiese cambiado en la dinámica de nuestras vidas desde aquel muy lejano día cuando Zeus, desde el Monte Olimpo, decidiera separar lo que, en el origen, venía unido. Impulsado por el deseo, el ser humano, literalmente -en latín, De-sideratio remite a la pérdida (De) de (sideris) un astro- sigue buscando el astro añorado, que pudiera seguir iluminando su camino y guiarlo hacia la plena felicidad. Tal es la esencia necesariamente paradójica del deseo: es porque recordamos una dicha primordial que la seguimos persiguiendo, ignorando el tiempo, el devenir, la finitud. Sin embargo, ¿cómo explicar que el ser humano, por más racional que se considere, busque algo que no conoce con seguridad y que, en caso de encontrarlo puede no saber que era, precisamente, lo que estaba buscando? ¿Será que, al asociar la presencia de Eros a la carencia, los antiguos griegos sellaron, de una vez por todas, nuestro destino?