LIBROS
Miguel Campos Ramos
Aunque la tendencia global, y sobre todo en países del tercer mundo, es ya no leer textos extensos, sigo y seguiré creyendo que los libros no se miden por su extensión, sino por su contenido, y si un libro amerita 1000 páginas, debe tener mil páginas, y si amerita 100, como La metamorfosis, de Kafka, pues debe tener 100. Pero es un disparate acortar los libros sólo porque “ya no quieren leer”; hacerlo equivale a acortar las ideas. ¿O será por esto que también cada vez se piensa menos? ¡Cuidado!
Por eso, esta vez, desde esta tribuna que nos ofrece Sibarita la Revista, el Placer de la Cultura, recomiendo una de las novelas más extensas, pero sin duda también de las más importantes que se hayan escrito.
Me refiero a “Los miserables”, sin duda la obra maestra del gran escritor francés Víctor Hugo.
Es una novela no para valientes que estén dispuestos a leer sus 600 mil palabras, a lo largo de más de 1000 páginas, dependiendo de la edición, sino para quienes quieran disfrutar no sólo pasajes divertidos (que en esta obra abundan), sino además conocer las profundidades del alma humana, y también de la historia de Francia (y hasta del mundo en general), y, por si fuera poco, también aprender de filosofía, filología, religión, etc.
Se trata de una obra total que prácticamente engloba la historia de la primera mitad del siglo XIX francés.
Es increíble cómo Víctor Hugo logró escribir esta magna obra a la edad de 60 años, y cómo consiguió ordenar una trama tan compleja pero tan clara a un tiempo, a lo largo de sus 5 Partes, cada una de ellas divididas en Libros, y éstos a su vez en Capítulos, y los Capítulos en Subcapítulos.
Hace algunos años empecé a leerla, y al llegar a la Segunda Parte, titulada Cosette, y al Libro Primero, titulado Waterloo, me atoré y dejé de leerla. Y es que ese solo libro con sus 19 capítulos que narran detalle a detalle la famosa batalla de Waterloo, que en el nombre lleva la fama pero que no se realizó en Waterloo, me resultó abrumador.
Recientemente retomé la obra y me resultó de un disfrute enorme, además de un gran aprendizaje incluso en temas de seguridad y justicia, tanto que parece que está narrando nuestros tiempos actuales en nuestro México.
Una cosa es segura: esta novela hay que leerla de corrido, y si se logra concluirla, volver a leerla con más calma.
Bien decía Mario Vargas Llosa que leemos novelas, como Alonso Quijano, para evadirnos de la cruda realidad. Y, la verdad, hoy la cruda realidad es tan cruda que las novelas son un buen escape, sólo que un escape instructivo y constructivo, no un escape estúpido como las ocurrencias y retos que abundan en las redes digitales, y que precisamente son algunas de las causantes de que cada día se lea menos. ¡Salvemos la lectura!
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