LA CAVERNA 

Miguel Campos Quiroz 

 

 

Desde la más remota antigüedad, la imaginación humana ha poblado las aguas de nuestro planeta de una gran variedad de seres fabulosos y de realidades fantásticas. Sirenas, tritones, calamares gigantes, víboras de agua, dioses, leviatanes, civilizaciones submarinas, y los más diversos monstruos acuáticos, aparecen en mitos y relatos de viajes de todas las épocas y culturas. Las riberas y las costas aparecen siempre como fronteras o límites del mundo, y más allá, tanto en altamar como río abajo, o entre dos orillas de la corriente, siempre espera al navegante lo desconocido, lo misterioso, e incluso lo caótico y lo inverosímil. Es decir, las profundidades de mar adentro son siempre en el imaginario de los grandes relatos, ese espacio en el que sobreviene una ruptura de la realidad cotidiana, una fisura que da paso al universo de lo fabuloso y lo maravilloso, de lo que en nuestra realidad habitual (quizá más convencional que real) sería imposible. 

Es lógico que durante siglos haya sido así, pues a lo largo de la historia, antes de los viajes de descubrimiento y de que el mundo fuera cartografiado, el hombre sólo podía imaginar lo que había en las profundidades abismales del mar, y si había tierras más allá, éstas debían estar pobladas por seres muy diferentes (lo cual es en parte cierto, aunque no como los premodernos los imaginaban y representaban en sus bestiarios). 

La literatura fantástica y de aventuras, desde La odisea hasta Los viajes de Gulliver, nos narra muy a menudo las peripecias de aventureros y navegantes perdidos en el mar, que, durante sus viajes, como si traspasaran la frontera entre el mundo ordinario y el mágico, visitan islas misteriosas pobladas por gigantes, por gente diminuta, por animales que hablan, o por dioses. O también encuentran islas que vuelan.  

En Las aventuras del Barón de Munchausen, un buen número de los capítulos dedicados a los relatos autobiográficos del mitómano aristócrata están dedicados a sus aventuras por mar, y en ellos se narran tantas situaciones de lo más absurdas, hasta las más imaginativas, incluyendo estas últimas una cabalgata submarina de su padre montando un caballo de mar, o hasta un viaje a la luna en barco. También en Julio Verne, aunque en un tono menos mágico, encontramos la constante del viaje marítimo o submarino en el que sucede lo extraordinario. Y no hay que olvidar el Gran Mar al occidente de la Tierra Media, más allá del cual se encuentran las Tierras Imperecederas en el universo creado por J. R. R. Tolkien. La premisa es siempre la misma: el mar como un espacio donde termina lo ordinario y empieza lo fabuloso o sobrenatural. 

En realidad, resulta muy natural que la mente humana haya dotado a las aguas de ese carácter misterioso, si se tiene en cuenta que tanto los mares, como los lagos y los ríos, siempre han funcionado como fronteras físicas naturales, más allá de las cuales se adivinan territorios extraños, y muchas veces hostiles. Esto es tan cierto ahora como lo era en la antigüedad, y de ello pueden dar fe los modernos inmigrantes que se lanzan al río o al mar y a los peligros e incertidumbres que allí les esperan para cruzar a países o continentes cuyas culturas y modos de existir son tan distintos de los que les son familiares. Lo mismo debió ser para Colón y sus hombres cuando se lanzaron a la mar sin saber exactamente lo que les deparaba el horizonte acuático y el final feliz que para nuestra historia tendría su travesía. Todo ello, mitificado y mistificado a lo largo de miles de años, debió reflejarse en los grandes relatos creados por el hombre, y por eso los sueños de la humanidad están llenos de lugares como el río Estigia, que en los mitos antiguos es la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos, mito que sin duda tiene resonancia con la creencia del antiguo Egipto según la cual el Nilo nacía en el inframundo, siendo una vez más presentado el río como frontera o como puente entre el mundo espiritual y el terrestre. Por eso también, en La historia interminable, de Michael Ende, las Aguas que emanan de la Fuente de la Vida son presentadas como la frontera que separa el mundo de Fantasía y el mundo de los seres humanos, imagen que además nos remite a una simbología que tiene orígenes muy antiguos en las tradiciones místicas del mundo indoeuropeo. 

Así, puede verse que las aguas tanto de mares como de ríos, fuentes y manantiales han tenido siempre la connotación de ser fronteras físicas geográficas entre dos o más territorios, pero en un nivel más profundo, simbólico y poético, también como fronteras entre lo físico y lo metafísico, entre lo ordinario y lo prodigioso, entre la vigilia y lo onírico, entre el mundo real y el de la imaginación.  

Y en el mundo de la imaginación todo es posible, incluso lo imposible.