LIBROS
Miguel Campos Ramos
Muchas obras literarias, desde los poemas homéricos hasta las novelas de piratas de Emilio Salgari y de Julio Verne, tienen como escenario fundamental el mar.
En este número quiero comentarles de una extraordinaria e ingeniosa historia escrita por el prolífico y exitoso autor español Arturo Pérez-Reverte.
Me refiero a la que (ahora sí) es la última entrega de las aventuras del capitán Diego Alatriste, la octava, nada menos. Y es que en esta obra nos pinta a un capitán Alatriste ya cansado, tanto física como moralmente, y se le nota que ya desea retirarse.
Pero mientras tanto, nos regala una emocionante novela, en la cual participan el propio Alatriste y cuatro muy cercanos amigos de éste, entre ellos quien la hace de narrador de sus aventuras, Íñigo Balboa, además del mismísimo poeta Francisco de Quevedo, Juan Tronera y Sebastián Copons.
En tal novela los cinco tienen una arriesgada misión respecto a la cual saben muy poco, excepto acatar órdenes e indicaciones de quien los contrató.
Pero la misión (según descubren ya en la tercera parte de la trama) es ni más ni menos que secuestrar al mismísimo cardenal Richelieu, el archienemigo de los famosos cuatro mosqueteros de Alejandro Dumás (Athos, Aramis, Porthos y Artagnan), merced a un complot entre españoles e ingleses para apoyar a los franceses protestantes que han tomado la ciudad de La Rochela a fin de destronar al rey.
La Rochela es una ciudad-puerto ubicada frente al mar, y por tanto esta obra bien puede considerarse una novela de agua.
La trama es delirante, y a ratos cómica, pues Íñigo Balboa, joven de la edad de Artagnan, reta a éste, luego de que a su vez Athos y Alatriste se han retado.
Bueno, sólo faltó que don Francisco de Quevedo, el poeta ilustre enemigo acérrimo de Luis de Gónogra, retara a Richelieu.
Si no fuera porque se trata de una novela de fondo político, de gran profundidad humana, con un personajazo digno de competir con los mosqueteros dumasianos (me refiero al capital Alatriste, todo un carácter español), la obra pasaría por satírica, por no decir cómica.
En fin, un acierto más de Pérez-Reverte, quien sabe, como los grandes autores, que las novelas son para entretener, conmover y enseñar, en ese orden.
Por lo demás, su manejo del idioma es un auténtico rechazo a las normas de la Real Academia Española de la Lengua (de la cual por cierto es preclaro integrante), pues no acata los nuevos decretos de aquélla respecto al uso de las tildes en los pronombres para diferenciarlos de los adjetivos.
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