Laurence Le Bouhellec
Una reflexión sobre la forma en que algunos intelectuales han catalogado a las mujeres a lo largo de la historia.
Mujer biológica. Mujer trans. Mujer cisgénero. Persona mujer. Persona que tiene útero. Hembra en el sentido biológico del término. Etc. Si los componentes de un determinado idioma mantienen una relación directa con una específica aprehensión del mundo, entonces el extenso vocabulario que está circulando desde hace algunos años en el ámbito occidental señala profundas incertidumbres o reajustes en torno a la categoría mujer. Como fruto de sus múltiples investigaciones, el filósofo francés Michel Foucault ya había recalcado en el siglo pasado que la verdad no es un concepto transhistórico o universal, sino que, al contrario, la relación entre las palabras y las cosas, o sea, la relación de adecuación entre la realidad y el discurso que la califica, es necesariamente flexible y, por ende, se ajusta continuamente acorde con las características de las variantes socio-histórico-culturales de un cierto periodo.1 Siendo así, cabe preguntarse si lo que protagoniza la emergencia de una nueva epistemología en torno a la categoría mujer no es más que la señal de la inminente transición de un régimen de verdad a otro cuyas consecuencias aún no se pueden dimensionar. Sin embargo, ya reaccionó el Comité Internacional Olímpico con la publicación en marzo de 2026 de un extenso documento titulado Política del CIO en materia de protección de la categoría femenina (mujeres) en el deporte olímpico.2 Por encima de cualquier tipo de debates y consideraciones en torno a la cuestión del género, el CIO concluye tajantemente que la admisibilidad a cualquier competencia deportiva individual o de equipo es reservada a las personas de sexo biológico femenino.
Si bien el contenido del documento no debería sorprender en el mundo patriarcal que nos caracteriza, llama la atención el interés reiterado para proporcionar una respuesta definitoria a la pregunta ¿Qué es una mujer? El periodo de la Ilustración, que se ha distinguido en la historia de las ideas por dar origen a la primera clasificación sistemática del conocimiento por medio de la famosa Enciclopedia ideada por Denis Diderot y Jean d’Alembert, ve también surgir, en 1772, un pequeño ensayo que tiene como objetivo enlistar las características de las mujeres: Essai sur le caractère, les mœurs, et l’esprit des femmes dans différents siècles [Ensayo sobre el carácter, las costumbres y el espíritu de las mujeres en diferentes siglos].3 El autor, Antoine-Léonard Thomas, distinguido miembro de la Academia Francesa, con gran erudición, esboza un catálogo de las mujeres famosas desde la Antigüedad, haciendo especial énfasis en las virtudes que, en su momento, les permitió distinguirse y, así, mantenerse en los archivos de la Historia. A la hora de pretender aportar una definición de la mujer desde un punto de vista socio-histórico-cultural, el ensayo abre un amplio debate que nos sigue interpelando todavía por su vigencia a la hora de oponer criterios elaborados desde la naturaleza a criterios validados desde la cultura, concluyendo A-L. Léonard que no existe ningún eterno femenino.
Más allá de un posicionamiento anclado en la valoración de parámetros históricos que señalan el continuo flujo de los cambios requeridos en el posicionamiento existencial del ser-mujer, la discusión en torno al preciso arraigo ontológico de aquel miembro de la comunidad humana queda abierta en pleno siglo XXI, sobre todo en cuestiones relativas a la salud o la seguridad. Con la publicación en 1949 del famoso libro de Simone de Beauvoir Le deuxième sexe [El segundo sexo] y la inmensidad de las controversias que lo siguieron, se llegó a pensar que el debate se había ido estructurando ya con mayor claridad en relación con la problemática de género. Sin embargo, el libro terminó incluido en el Index Librorum Prohibitorum del Vaticano junto con El extranjero de Albert Camus, El llano en llamas de Juan Rulfo o los Diálogos sobre los máximos sistemas del mundo de Galileo Galilei. Bien parece ser, entonces, que es lo que sentenciaba Virginia Woolf unas décadas antes, en su ensayo de corte feminista A Room of One’s Own [Un cuarto propio], lo que sigue vigente:
“Have you any notion how many books are written about women in the course of one year? Have you any notion how many are written by men? Are you aware that you are, perhaps, the most discussed animal in the universe?” Las preguntas continúan sin que las respuestas generen el menor consenso, aun cuando las instancias patriarcales siguen insistiendo en que la única validación del ser-mujer sea a partir de criterios biológicos.
